Jueves 23.05.2013
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SE aproximan las elecciones. Si yo fuera un escritor antiguo escribiría algo así como ¡albricias!; no se crean que sería inoportuno, siquiera inactual, hace poco que se murió un primo mío que, tranquilo y sonriente, sin cortarse un pelo, exclamaría ¡cáspita! Y se quedaría tan tranquilo: era mucho más inteligente que yo pues con su exclamación se ahorraría el trabajo que debería seguir a la mía: el de redondear la frase llenándola de ironía. Estos nuestros deberían ser tiempos de gigantes, al menos en el sentido en el que, de alguna manera, los reclamaba La Bruyère: "Un hombre alto y robusto, de ancho pecho y espalda, lleva ligero y gallardo una pesada carga y todavía le queda un brazo libre. A un enano lo aplastaría la mitad de esa carga. Así, los puestos eminentes hacen a los grandes hombres más excelsos, de idéntico modo que vuelven más pequeños a los pequeños".
Vivimos días en los que deberemos elegir a aquellos que deberán cargar con la pesada carga -sí, pesada; aunque los más la crean liviana y llevadera y pese a que también tenga sus compensaciones, casi siempre por vía del desvío, es verdad, casi nunca por el camino recto- días que, una vez transcurridos, y enderezados los más de nosotros camino de las urnas, ignoraremos, también en nuestra inmensa mayoría, los nombres que sigan en cada lista electoral a aquel que la encabece y que, casi seguro, igualmente en la mayoría de las oportunidades, no ha de ser alto y robusto en el sentido en el que La Bruyère lo señalaba.
Vivimos tiempos que reclaman gigantes y no sé si con lo que contamos es con pulgarcitos, pensarán no pocos; yo algunas veces también lo pienso así. Otras doy en reflexionar que Gulliver siempre era el mismo en Lilliput y en Brobdingnag, en Laputa y en Balnibarbi y que este nuestro propio suelo está lleno de caballos sabios, más humanos que nosotros mismos, a los que estamos acostumbrados a llamarles burros, sin mayores remilgos ni consideración alguna.
En esas ocasiones me sorprendo asqueado de nuestra inmensa facilidad para descargar en los demás las responsabilidades que son nuestras, pues nos son comunes. Quizá se deba todo ello a un cierto temor que siempre me produce la posibilidad del caudillaje; un temor que no llamaría yo ancestral, ni mucho menos, pero que ahí está. Por eso me prometo aprenderme bien las listas de candidatos, mirarlas y remirarlas, hasta poder decidir si Gulliver vive entre nosotros o si deberé soñar de nuevo con países lejanos y con esos sueños imposibles que, curiosamente, siempre están al alcance la mano. Sólo que hay que tomarse el trabajo de extenderlas. Por eso hay que estar atentos, Gulliver es siempre el mismo, Lilliput y Brobdingnag somos nosotros y hacemos a Gulliver grande o pequeño.
Escritor, Premio Nadal
y Nacional de Literatura

23.05.2013
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