Domingo 16.11.2008
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DE Manuel Fraga se pueden decir muchas cosas. Por su manera de ser, nunca pasó desapercibido. En parte, porque le perdía su carácter, pero también porque parecía entregarse siempre a fondo, cualquiera que fuera la batalla en que se comprometiese. No creo que nadie pueda negarle el haber sido siempre sincero. Por eso fue tan coherente cuando formaba parte de los gobiernos de la Dictadura, como cuando juró acatar la Constitución democrática. En ambas situaciones, era el mismo Fraga.
En buena medida, Fraga puede ser paradigma de la memoria de miles de españoles. No fue único en mudar de convencimientos. Pero sí que fue de los pocos que mudaron sin disimulos. Jamás renegó de su propia historia personal, porque tenía la convicción de haberla vivido honestamente. Y eso, a la hora de la verdad, es todo lo que se le puede pedir a un hombre.
Yo, que no sólo no compartí sus ideas sino que milité políticamente contra él y contra ellas todo lo que pude, he de reconocer, además, que fue un hueso duro de roer. Fue un político excepcional, capaz de preservar su autonomía para la definición de su agenda y la iniciativa en su ejecución. Casi siempre, con exabruptos o sin ellos, lograba ir un paso por delante de la cotidianidad. Es cierto que muchas de sus ideas y proyectos eran como la espuma de la gaseosa, generados con demasiada voluptuosidad y con la misma levedad mermados, pero el balance final de la acción política de Manuel Fraga no es en absoluto liviano.
Dicen quienes le trataron más que yo, que también tenía la virtud política de no entrar nunca en intrigas, dimes y diretes o chascarrillos del tres al cuarto. De ser cierto, tampoco es poca cosa. Y que vuelve a poner de manifiesto el valor de un hombre que, aún teniéndolo como adversario, es respetable. No es la franqueza lo que más abunda en la política. Siendo, sin embargo, indispensable para que la discrepancia sirva de simiente y no de cizaña para la democracia.
Siendo él presidente de la Xunta de Galicia y yo portavoz del Grupo Parlamentario Socialista en el Senado, un día compartimos mesa y mantel. Hablamos, en gallego, de Galicia. Yo le hablé de mi infancia aldeana. El de la suya emigrante. Y sentenció: "¿Quién coño nos puede negar a nosotros la galleguidad?". Se me vino de pronto a la cabeza todo su currículo político; estuve seguro de que estaba siendo sincero. Así que me limité a contestar: "¡Solo faltaba eso!". Y sentí que en una coincidencia como esa Galicia podía resarcirse de alguna parte de su propia historia.
Doctor en Economía

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