Lunes 22.03.2010
| Actualizado 01.24
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Mal, muy mal tienen que ver el resultado de las urnas en la cocina electoral del PSOE cuando han reaccionado de modo tan destemplado ante el éxito de la concentración en defensa de la familia convocada por la jerarquía de la Iglesia en Madrid. Hasta se han permitido poner en tela de juicio, primero, el hecho mismo de la multitudinaria concentración, como si a un gran sector de la ciudadanía -los católicos- le estuvieran vedados los derechos constitucionales de expresar libremente su pensamiento, de reunión y de manifestación, y segundo, el que la Iglesia se pronuncie públicamente sobre cuestiones de moral social cuando ve que un beligerante y fanático laicismo radical está minando los valores fundamentales de la familia.
La Iglesia ha estado callada durante mucho tiempo, advirtiendo discretamente su disconformidad con la legislación que se estaba promulgando; quizá ha sido demasiado paciente. Pero todo tiene un límite. Cual Virgilio en la Eneida , también puede decir: "¿Por qué me fuerzas a romper un profundo silencio?".
La Iglesia no puede mostrarse indiferente cuando se ataca el derecho de los padres "a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos", ni puede admitir el aborto, ni el divorcio exprés, ni el mal llamado matrimonio de los homosexuales, ni la eutanasia, que no han sacado todavía a colación para no crispar más al electorado. Han sido agresiones constantes a la esencia de los valores que informan la convivencia entre los españoles, unos valores que no están en contradicción con el progreso ni la modernidad y que tienen su cuño y estilo en el humanismo cristiano. Hoy, hasta la misma gente del PSOE empieza a estar harta de tanta monserga filantrópica. Se explican, pues, la alarma y el prurito. Indudablemente, la concentración de Madrid fue para los socialistas un grave traspié electoral. Se lo ganaron a pulso.
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