El Correo Gallego

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CONTRARIEDADES

XOSÉ RAMÓN R. IGLESIAS

Un chotis por Puigdemont

18.05.2018 
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Aupado y envalentonado por las encuestas que actualmente le son tan favorables en la capital del reino como en su tierra de origen, el catalán Albert Rivera ya ejerce como el más castizo de los chulapos madrileños. El martes, festividad de San Isidro Labrador, se le vio radiante en La verbena de la Paloma en que se convirtió la política de este país que se permite el lujo de mantener dos reyes, viviendo a cuerpo de idem, pero en el que el mandamás Rajoy ya advirtió de que no permitirá dos presidentes de la Generalitat. Una cosa es aguantar a un monarca emérito y a otro en demérito, y otra tolerar de buen grado a un gobernante electo en el Palau barcelonés recibiendo órdenes de su homólogo esotérico en el exilio germánico. A Albert Rivera, más chuleta de patillas cortas que nadie, incluso le sobran los dos.

El experimento independentista de investir en la presidencia catalana al tándem Quim Torra-Carles Puigdemont semeja demasiada innovación política para que en Madrid, territorio entregado al costumbrismo, no se echen las manos a la cabeza, le pongan todo tipo de impedimentos y amenacen bajo palio con renovar el 155. A los habitantes de la villa y corte, y en especial a los que desde allí gobiernan al conjunto de ciudadanos del Estado, siempre les costó mucho trabajo entender y admitir las aportaciones llegadas desde las periferias, por mucho que supusiesen importantes avances hacia a la modernidad y el progreso.

Sin embargo, igual no es tan mala la futurista idea de la duplicación de presidentes, pues ya se sabe que cuatro ojos ven más que dos, a excepción de cuando se trata del ministro Cristóbal Montoro, al que no le hacen falta anteojos para que no se le escape detalle de las cuentas propias y ajenas y para recordarnos, a la hora del pago de los impuestos, que Hacienda seguimos siendo los de siempre.

Pero lo que en Cataluña les parece frivolidad, delito y provocación a los próceres de la capital, en Madrid se lo tienen que tragar por corrupción. Porque, en realidad, la comunidad que acoge las principales instituciones del Estado se anticipó en esta legislatura a la catalana en la proclamación de dos presidentes. Que fuese de manera correlativa y no simultánea sólo es un pequeño matiz que tiene su explicación en la obligada dimisión de Cifuentes, que fue fichada para remasterizar la imagen del PP y acabó desmasterizando su propio currículum. Pero si en Moncloa admiten el chotis de la pareja Cifuentes-Garrido y rechazan la sardana del binomio Torra-Puigdemont, Cataluña clamará contra el agravio comparativo y que se prepare Rajoy para una versión más heavy y furiosa del baile de la discordia.

Aunque el presidente es Torra, Madrid sabe que gobernará al alimón con Puigdemont, del mismo modo que en Cataluña se sospecha que a España la dirige el triunvirato PP-Ciudadanos-PSOE, unidos en la investidura de Rajoy y en el 155. Y en esta terna, Mariano y Pedro Sánchez recelan cada día más de Rivera, el más chulo de la verbena de Madrid... y de Badalona.