Domingo 16.11.2008
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En la fría tarde del domingo 15 de enero circuló la noticia, en la ocasión no esperada, del fallecimiento en Madrid del profesor y político Manuel Fraga Iribarne, nacido en Lugo en 1922 en una familia de tradición campesina. Con ello pierde el país a uno de los españoles egregios de su siglo, uno de los pocos con estatura moral para figurar en la restringida galería de los hombres de Estado europeos.
Sin tradiciones familiares en la política o en la administración, Fraga emergió en la vida pública por su propio impulso ascendente y por el poder de convocatoria que emanaba de su personalidad. Desde su temprana madurez, al día siguiente de conseguir sus cátedras universitarias (fueron dos, ganadas en la extrema juventud, en oposiciones estatales para las Universidades de Valencia y Madrid sucesivamente), hasta el final mismo de su vida pública, Fraga dedicó su esfuerzo personal incansable a situarse en posiciones de servir al ente público, tal como lo entendía un bien formado profesor de teoría del Estado; lo que venía a ser el concepto estatal de la filosofía alemana del siglo anterior, pues no existe todavía en el devenir cultural de Europa otro concepto vigente de Estado que pueda merecer ese prestigioso nombre: a saber, el Estado que se dice ser de todos y que es el precipitado actual de siglos de evolución histórica y cultural. En un momento de tribulación para Europa, en el que algunos Estados de nuestro contexto, y de fuera de él, han estado a punto de naufragio o en la necesidad de ser intervenidos por poderes suprasoberanos para hacer frente a sus obligaciones sociales y a sus urgencias más perentorias, estamos en situación de comprender mejor el valor del aporte del estadista al identificar la carrera personal con el servicio a consolidar las estructuras estables del bien común. "Sepa que no he hecho más que trabajar por España y por los españoles; en la medida de mis posibilidades seguiré haciéndolo pues nada honra más a una persona que saber que cumple con su país y sus ciudadanos". Estas palabras del propio Fraga, en la que puede ser una de sus últimas cartas fechadas todavía en el Senado el 23 de septiembre último, expresan la fuerza impulsora de las representaciones mentales del individuo, la idea fija del hombre público llevada hasta la extenuación de su existencia física.
Las realizaciones materiales y culturales del gobernante al servicio de su Galicia natal no son para reseñar en pocas líneas. Tampoco lo son las que en el ámbito estatal se le deben al hombre que tuvo la visión y la capacidad de levantar el turismo español a primera fuente de divisas del país.
Más importante y propio de su estatura humana fue el coraje intelectual del político villalbés en la década de los setenta y ochenta, en la transición al Estado democrático, al concebir y echar sobre sí -aunque siempre contase con aliados ocasionales, que pasarán también a la Historia aunque más bien en la letra pequeña- la difícil tarea de reequilibrar sobre una alternancia de fuerzas pendulares la vida pública española, a la sazón inmersa en un contexto dominante de fuerzas políticas por aquellos días inspiradas exclusivamente en el materialismo dialéctico y la lucha de clases, entonces todavía en vigor en media Europa. Su labor en este fundamental aspecto es perfectamente equiparable a las de Adenauer o De Gasperi en sus respectivos países; y como la de éstos exitosa, pues tuvo la fortuna de vivir ampliamente el logro democrático de la alternancia en el poder entre fuerzas opuestas. No solo la filosofía jurídica alemana alimentó su diseño. También el ejemplo práctico del sistema parlamentario inglés, que Fraga vivió de modo directo y estudió con detenimiento y de modo fidedigno en sus obras, resulta igualmente inexcusable en su construcción de un esquema político hegeliano basado en la contraposición y alternancia en el poder de fuerzas políticas antagónicas; tema éste que excede los límites de una nota necrológica de urgencia dedicada a su memoria.
(*)El autor es cronistaoficial de Galicia

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