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Domingo 16.11.2008      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

{a bordo}

Un legado sin votos y sin ideas

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EN la trayectoria del secretario general socialista saliente hay dos momentos fundamentales. Ninguno tiene su centro en Madrid. Ambos se originan en el extrarradio y lejos de la tradición secular del partido de Pablo Iglesias. El primero se produce en Barcelona, donde Pasqual Maragall promueve una revisión global del Estado autonómico que empiece por un nuevo Estatuto catalán, al que Zapatero presta un entusiasta apoyo en un célebre mitin.

A partir de ahí comienza una progresiva contaminación del mensaje socialista por contenidos nacionalistas, algo inédito en la historia del partido. Tanto en el periodo republicano como en la etapa felipista, el PSOE encarna a una izquierda española que no se siente para nada acomplejada por el nacionalismo periférico. Pacta con él, sin por ello dejarse seducir por sus planteamientos. La cosa cambia cuando el recién llegado Zapatero hace de los postulados maragallianos su principal punto de apoyo ideológico.

Para encontrar el segundo momento hay que viajar de Barcelona a Berlín, en concreto a la cancillería donde se cocina el destino de Europa. Si el primer Zapatero está dominado por la sombra de Pasqual Maragall, el que aparece en mayo de 2010 es una criatura de Angela Merkel. El presidente se transfigura, cae del caballo sobre el que había cabalgado desde su primera investidura, y se convierte a una nueva fe, alejada también de la tradición socialista. Si en aquel hermanamiento con el nacionalismo el PSOE pierde identidad española, en esta comunión con el conservadurismo se deja parte del bagaje de la izquierda.

Viene todo esto a cuento de la tremenda anemia ideológica del legado de ZP. Tras su derrota, González cede el relevo de un Partido Socialista desprestigiado por los casos de corrupción, pero que mantiene su armazón de ideas. Al lider que resulte elegido en Sevilla le cabe la ardua tarea de reanimar a la organización, y de dotarla de principios propios, que no sean una copia del nacionalismo importado del PSC, ni del conservadurismo que abandera el eje franco-alemán.

En la izquierda europea ya está surgiendo una reacción contra la idea de que la política económica actual es la única posible. El candidato socialista francés le propone al electorado una enmienda a la totalidad de la política de Sarkozy, y en la socialdemocracia alemana hay un movimiento parecido. El problema del socialismo español es que fue un presidente socialista el que inició un giro que ahora continúa Rajoy. En realidad, las pasadas elecciones generales no versaron sobre dos políticas económicas diferentes, sino sobre quién iba a aplicar la misma política.

Por eso decimos que Zapatero deja a los suyos mucho más que una derrota electoral. Las secuelas de esas derrotas se curan con una convalecencia no demasiado larga. Ocurre en este caso que, a esa derrota en las urnas, se une la claudicación de un ideario. La cura requiere más tiempo.

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