Miércoles 19.06.2013
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ALBERTO Núñez Feijóo es un tipo con suerte. Alcanzó la presidencia de la Xunta de Galicia por una estrecha ventaja electoral. Se metió en varios fregados de envergadura de los cuales ninguno le ha salido bien –fusión de las cajas de ahorros, crisis sectoriales profundas, protagonismo institucional (suyo) en la procura de contratos empresariales y comerciales en el exterior, etc. Le tocó gobernar en un momento de crisis general en el que las decisiones, por muy razonadas que sean, es más que seguro que no le gustarán a la gente. Y por último, pero no como final, ha formado en torno a sí un gobierno débil, menos capaz y relevante de lo esperado. Por todo ello, en el tránsito de la legislatura va padeciendo un desgaste más que notable en su prestigio como gobernante. Para muchos de sus electores es una expectativa frustrada. Para los que no lo han votado pues ya nada.
Sin embargo, la pérdida de méritos a cargo del dirigente conservador no se compensa con su ganancia para los grupos de la oposición. Más bien pierden aún más que él. El PSdeG y las partes dispersas que quedan del BNG andan ocupadas en debates internos que poco o nada tienen que ver con lo que su electorado potencial podría esperar de ellos. Al contrario: la opinión pública les censura que, con la que está cayendo y en un momento que debería ser de debilitamiento político de la derecha, parezcan obsesionados por relaciones de poder orgánico (PSdeG) o de pureza de casta (BNG), con perceptible desatención de las necesidades populares.
Y aunque las cosas nunca son tal cual parecen, también es cierto que si la gente cree que no lo estás haciendo bien, en un sistema electoral, vas de lado.
Y eso es lo que dicen las encuestas de opinión: la derecha pierde apoyo popular, pero la izquierda no menos. El Partido Popular, cuando lleguen las próximas elecciones, podrá volver a gobernar, con mayoría absoluta, pero con menos votos de los que consiguió la última vez. Y en eso es en lo que digo yo que Alberto Núñez Feijóo es un tipo con suerte.
Un poco, al menos, porque también hay que reconocer que pocas veces un gobernante, él o cualquier otro, ha tenido tan poco margen para trazar planes propios. Y esa es la condición indispensable –la maldita agenda– para salvarse de las inercias desgastadoras de la política. Pero eso le pasa a todos.
Doctor en Economía

19.06.2013
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