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Domingo 07.02.2010      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

a bordo

Urnas y lenguas

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No se puede negar que hay mucho de inspiración foránea en las políticas lingüísticas que se han seguido en Galicia. En todas ellas ha pesado más la ruta trazada en otras comunidades que desde aquí se veían como hermanas mayores, que la realidad y voluntad de la sociedad gallega. El miedo a quedar rezagados de vascos y catalanes tuvo aquí un efecto innegable.

Viene esto a cuento del acuerdo alcanzado por socialistas y populares en Euskadi. En la escalera que servirá para que Patxi López suba al poder, hay un peldaño dedicado al euskera que revisa planteamientos que parecían sacrosantos. Así, por ejemplo, se promete la derogación de decretos que establecían el vascuence como única lengua vehicular en la enseñanza.

La firma del PSE al pie de este compromiso deja sin apoyo a los que asociaban la sensatez y libertad lingüísticas con posiciones conservadoras. Ya no son sólo el PP, Rosa Díez y grupos de apestados como Galicia Bilingüe, sino también partidos de izquierda los que se suman al derecho de los padres a optar por la lengua en la que sus hijos han de ser escolarizados.

Que algo tan elemental sea tachado de retrógrado refleja la perversión del lenguaje que se ha producido en los últimos tiempos. Mientras que en otros campos imposiciones y obligatoriedades suelen ligarse al pensamiento conservador, en materia idiomática son una seña de identidad progresista. Aunque eso esté en contra de la lógica, ha logrado algo importante: que progresistas de verdad se sientan cohibidos para confesar su apuesta por la libertad.

El socialismo vasco supera esa vergüenza. En el gallego algo empieza a moverse tras una derrota electoral en la que el debate idiomático tuvo parte de culpa. Pero ambos van con mucho retraso porque ni en el laborismo británico, ni en la socialdemocracia alemana, ni en la izquierda francesa o italiana se han mantenido jamás posiciones que entre nosotros son normales, pero que en el resto de Europa sólo cultivan nacionalismos o regionalismos añejos.

El acuerdo vasco supera de paso otro tópico que en Galicia algunos se esfuerzan en fortalecer. Consiste en que sólo hay un modelo normalizador, que es el que define una casta de agresivos activistas, inmune a los resultados electorales. Fuera de ese esquema, que no figura en el Estatuto ni desde luego en la Constitución, todo lo demás es ir en contra del gallego.

He ahí otro rasgo que diferencia profundamente a la mentalidad progresista, al menos tal como se entiende en nuestro entorno. Sólo un nostálgico del conservadurismo anterior a la Revolución Francesa, o afincado en tesis joseantonianas, puede sostener la existencia de cuestiones protegidas por un dogma de infalibilidad, sobre las que el elector, el ciudadano o el padre en este caso no deben opinar.

Aquí y en Euskadi, la normalización dogmática responde a un temor oculto. Los que amenazan con movilizaciones, o avisan de terribles convulsiones si se cambian los criterios lingüísticos, no están intimidando a un partido o a un futuro presidente concretos, sino a una sociedad que, en el fondo, saben que no les sigue.

Intuyen, igual que los líderes del comunismo terminal, que una vez que se abra un boquete en el muro no habrá forma de parar la libertad. De ahí que se afanen en poner cemento en las grietas. En el País Vasco el muro se cae, y una de las piquetas está en manos socialistas. El progresismo vuelve a ser lo que era.

CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES

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