Martes 17.06.2008
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A pesar del paso del tiempo, los viejos lemas de la transición siguen siendo insuperables. Aquella libertad sin ira, por ejemplo, resumió mejor que mil discursos lo que ansiaba la España que salía del franquismo. No era la libertad airada que busca saldar cuentas, ni la otra limitada por las cautelas de los que seguían pensando que este era un pueblo al que no se podía dejar solo. No, libertad sin ira.
No vivimos ahora en una libertad con ira, pero sí tensa. Que eso sea así entre los profesionales del poder casi es natural y desde luego no es exclusivo de nosotros. Ocurre sin embargo que hay un malhumor que se ha empezado a filtrar a la sociedad. Por ejemplo, ya no se habla de política entre amigos con el mismo relax que antes.
Aunque el dato puede no ser apreciable para un sociólogo, sí lo es para un observador atento a lo que pasa a su alrededor. Mucha gente elude la política como tema de conversación, participa midiendo sus palabras, o lo hace de acuerdo con el prontuario de éste o aquél partido. Personas que antes eran inasequibles a las consignas, ahora las repiten. Votantes que no tenían reparo en criticar a su partido en tal o cual aspecto, ahora cierran filas disciplinadamente.
Esto es empobrecedor. En los países que disfrutan de una política más fresca que la nuestra, la influencia se produce en sentido inverso, es decir, son los ciudadanos los que influyen en los partidos, obligándolos a ser más flexibles, menos consignatarios y más abiertos a la heterodoxia.
Aquella bendita libertad sin ira tenía también otra componente que se ha perdido. La identidad política no se fabricaba en contra sino a favor. El sujeto de izquierdas no era aquél que odiaba a la derecha, y el conservador no era el que veía en la izquierda un monstruo amenazador. Había un sano relativismo, una estupenda promiscuidad electoral, que permitía un trasvase natural de votos entre unos y otros.
Al partido que se votaba hoy, se le dejaba de votar mañana, lo cual obligaba a sus dirigentes a estar más pendientes de ese electorado versátil que del forofo. ¿Qué hemos visto en los debates televisivos? Pues un afán por atornillar el electorado más fiel. Salvo algún momento excepcional y raro, los líderes no se dirigían al indeciso sino al decidido, como si ya dieran por descontado que es imposible convencer al elector afincado en el partido de enfrente.
Por todo eso, amén del deseo tradicional de que la gente vote hoy, habría que expresar otro: que el estilo político cambie a partir del lunes. En algún momento de los últimos años, esa democracia relajada salida de la transición se puso tensa y en ella empezó a hacerse notar el ciudadano forofo en vez del relativista, por culpa seguramente de una clase política que sustituyó el razonamiento complejo por la consigna simple.
No es ésa una buena base para afrontar los próximos años. Es curioso por cierto que, mientras los países líderes de la Unión Europea procuran establecer consensos políticos y económicos que recuerdan a los de la transición española, en España se olvidan esos valores y se dejan caer los puentes necesarios para los acuerdos.
Pasa el tiempo y los viejos lemas de la transición siguen siendo insuperables en su forma y en su fondo. ¿Qué pasaría hoy si alguien sacara la libertad sin ira? Pues se preguntaría quién está detrás y a quién beneficia. Que ustedes lo voten bien.

¿Deixádeme ser libre? Sí, pero...
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