Sábado 20.03.2010
| Actualizado 10.52
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Los obispos han hablado. Como siempre cuando se trata de lo mismo. No seré yo quien entre en el análisis global del comunicado de la Conferencia Episcopal, ni en las razones que lo impulsan, pues éstas son lo suficientemente claras como para que nadie se engañe, dicho en lenguaje coloquial, de por dónde van los tiros. Mas una frase sentenciosa del portavoz Martínez Camino, en el transcurso de la rueda de prensa, da para reflexionar largo y tendido sobre la moral y la violencia, y cuándo y en qué medida se utiliza aquella para justificar ésta.
Si fuera verdad, como pretende monseñor, que "del voto moral depende la democracia", mucho me temo que la mayoría de los gobernantes de las democracias occidentales saldrían muy mal parados. De hecho, no hay manera de justificar moralmente la mayoría de las guerras en las que, en los últimos setenta años, sin ir más lejos, nos han metido jefes de gobierno de países que se decían ayer y se dicen hoy defensores de los derechos humanos. Promovidas las tales, según ellos suelen autoafirmarse, en defensa de unos valores cívicos.
Cívicos y, por ende, también políticos, que ponen como fin último una convivencia basada en el diálogo y en la asunción del principio universal de que el voto de todos los ciudadanos, sean hombres o mujeres, altos o bajos, rubios o morenos, blancos, negros o amarillos, cristianos, budistas o mahometanos, tiene el mismo valor ante las urnas.
Es más, a poco que se entre en harina, hasta los intérpretes de las religiones lo tienen muy crudo para admitir la guerra como instrumento de solución de conflictos, incluso cuando ésta se presenta como mal menor para alcanzar un bien superior: la paz. He ahí la palabra. La paz, insistamos en ello. Y todo porque la guerra es violencia, y una vez se aposenta tiende a hacerse autónoma de quienes la dirigen y ejercen.
Evidentemente, no hay que confundir la guerra con el terrorismo, pero ambos tienen como común denominador la violencia, al margen de que las legitimaciones puedan ser muy distintas, lo que en nada es cuestión baladí. Pero no hace falta recurrir a Tucídides, ni recordar su desgarrador relato sobre las barbaridades cometidas en Corcira (Corfú) en su magna obra Historia de la Guerra del Peloponeso, por desgracia la civilización moderna y adelantada nos ofrece un amplio muestrario de campos de concentración, cámaras de gas, matanzas étnicas, Hiroshima y Nagasaki, Vietnam, Camboya, el Tíbet, Ruanda, Bosnia, Chechenia y, por poner el dato más reciente, Kenia. Como diría Bernard Crick, he ahí unos cuantos casos de lo que él denomina "poder sin responsabilidad".
Estoy con Josep Ramoneda en que "los límites de moral, empezando por la idea de responsabilidad, han sido confrontados con la terrible prueba del exterminio". Otro tanto se podría decir del terrorismo, pues como apuntó Kepa Aulestia yendo al grano: "La violencia ha sido la manifestación extrema de la política ideológica, su expresión más intolerante y sectaria".
Si del voto moral depende la democracia, resultará inmoral que quienes gobiernan un país democrático no exploren distintos caminos para acabar con la violencia. Y uno de ellos es el darle una oportunidad a la razón, pues también hay muchas razones para desear el fin del terrorismo (Albert Camus).
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