Domingo 07.02.2010
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Al contemplar el panorama intelectual que ofrece la clase política de nuestros días, en la que no creo que encontremos a muchos que hayan leído más de cuatro libros, uno se queda perplejo y alicaído. Pasada la Transición, hay que buscarlos con lupa: son rara avis. La disociación entre político e intelectual es absoluta. Porque no podemos tomar en serio a ese grupito de agitadores de extrema izquierda que se autotitulan intelectuales y que no pasan, en el mejor de los casos, de distinguidos titiriteros.
Cuando echamos la vista atrás y comparamos los políticos de otrora con la realidad presente, nos damos cuenta de la pobreza de pensamiento de nuestros políticos de hoy, algunos incultos lindando con la indigencia. ¿Dónde están en la actualidad los Cánovas del Castillo, los Ortega y Gasset, los Sánchez Albornoz, los Fernando de los Ríos, los Azaña, los Gil Robles, los Besteiro, los Laín, los Ridruejo, los Fernández de la Mora y muchos otros que dejo en el tintero? ¿Dónde han ido la ironía, la puya graciosa, la metáfora brillante, la retranca galaica, que adornaron los discursos de nuestros grandes parlamentarios? Nada; páramo total. Nuestros parlamentarios son hoy, en el mejor de los casos, lectores más o menos afortunados de lo que les escriben los negros de turno. Salvo alguna madura excepción, que no cito para no herir su natural modestia, la auténtica intelectualidad española está reñida con el noble ejercicio de la política. Hoy la política es, simplemente, un modus vivendi.
Pero lo más triste de este lamentable divorcio entre intelectuales y políticos es que se ha dado vía libre a la chabacanería y la ordinariez, cual es el caso de ese alcalde zafio y lenguaraz que se ha permitido llamar "tontos de los cojones" a los votantes de la derecha. Esto no es democracia, ni debate público, ni talante liberal; esta es la puerta de acceso al patio de Monipodio.

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