Domingo 07.02.2010
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Hace unos días escribí en este mismo espacio que los debates en televisión de los candidatos a la presidencia del Gobierno deberían ser obligatorios por ley, porque ayudaban a conformar la voluntad de los votantes. El debate de anoche protagonizado por José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy Brey me permite reafirmarme en aquello que dije y me ayuda a reforzar el criterio de que el primer vencedor de ese duelo lo somos todos los ciudadanos y lo es, desde luego, la democracia española.
Un debate electoral de estas características parece plantearse en torno a un objetivo: vencer. Y, la verdad, resulta muy difícil, por no decir imposible, negar que, al igual que otras competiciones, la cuestión es ganar, y ganar implica necesariamente derrotar al adversario. Así es como está planteado por los contendientes y las maquinarias electorales de los partidos que los sustentan.
En los términos opinativos en los que la evaluación de los actores es planteada, hablar de empate es un resultado siempre recurrente, pero muy complicado de objetivar, aunque pueda darse en cifras por un juego de azares en la selección aleatoria de los encuestados. Evidentemente, el sondeo es la única manera científica y metodológica de hacer posible dicha evaluación.
Se ha dicho que lo importante es convencer y no vencer. Lo cual está bien, pero en realidad resultaría muy dudoso, más allá de lo subjetivo, la conclusión de que tal candidato ha convencido pero no ha vencido o, al revés, ha vencido aunque no ha convencido. No digo que no haya que entrar en esas disquisiciones, aún riesgo de que puedan ser la coartada justificativa del perdedor. En todo caso los políticos deberían siempre intentar convencer a los ciudadanos antes que vencerlos, y por supuesto, respetarlos.
Sentadas las premisas, y si admitimos el aserto de que las elecciones las gana o las pierde quien ostenta el poder, habrá que convenir que le correspondía a Rajoy intentar llevar la iniciativa y hacerlo, a nuestro modo de ver, huyendo de la exageración extrema. Porque España no está a merced de ETA, al contrario nunca la banda y su mundo estuvieron peor y hubo menos víctimas; no se ha fragmentado por culpa del Estatuto catalán y otras reformas estatutarias que se le aproximan bastante; ni sufre una crisis económica, que los datos lejos confirmar, niegan.
Desde la lógica estratégica de la situación de empate técnico que vienen pregonando las encuestas, pareciera que lo que está en juego no son los votos de los fieles, sino los de los indecisos, y de manera especial los de aquellos ciudadanos que militan en el bando de los templados. En suma, representan la tercera parte de total de votantes.
Pues bien, da la impresión de que Rajoy no ha podido, no ha querido o ambas cosas a la vez, intentar ganarse a esa franja del electorado en el primero de los debates con Zapatero. De seguir así, es probable que el 9-M ocurra que los votos de los fijos y leales no le alcancen para alzarse con la victoria.
Por lo demás, no ha habido sorpresas dignas de mención ni ninguno de los dos contrincantes se ha salido del guión previamente estudiado. De alguna manera, lo que ayer dijeron ya lo habían dicho antes y casi con las mismas palabras. Dentro de una semana habrá la segunda vuelta, pero de momento Zapatero conserva la ventaja.

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