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EDITORIAL

La capital gallega debe estar a la altura

03.02.2011 
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CUANDO UNA CIUDAD SE JUEGA su futuro, que las instituciones y todos los colectivos sociales y empresariales estén donde se les necesita resulta fundamental. La propuesta de conseguir para la capital gallega un nuevo enlace internacional, en este caso a Bruselas, ha puesto sobre el tapete un problema que no es ni mucho menos nuevo. Dicen los tópicos que los compostelanos, y por extensión sus colectivos más representativos, son en muchas ocasiones apáticos cuando se trata de defender lo propio, de valorarlo y de ir hasta el final para apoyar a la ciudad. Estos tópicos se repiten una vez más, por desgracia. Que el Ayuntamiento de la capital gallega no haya sido capaz de lograr el apoyo económico de las asociaciones compostelanas para cofinanciar ese vuelo internacional -al margen de la Asociación de Hostelería-, da una idea clara de lo profundo del problema. Estamos hablando, además, de cantidades poco menos que simbólicas.

Y de que es una inversión absolutamente rentable, ya que serían esos mismos sectores los que se beneficiarían de la llegada de turistas extranjeros. Pero aunque no fuera así, en una ciudad con conciencia social y con espíritu de superación debería ser al revés: tendrían que ser los propios colectivos quienes llamasen a las puertas del pazo de Raxoi para ofrecer su colaboración. Para presentar proyectos, para animar a los políticos y sacarles en ocasiones de su apoltronamiento con nuevas ideas. Pero por desgracia hay mil ejemplos, no solo lo que tiene que ver con Lavacolla, de esa conducta abúlica con todo lo nuestro.

Por supuesto, es lícito pensar, como dicen ya algunos críticos, que son los propios dirigentes municipales los que deben saber coordinar esa corriente de iniciativa social, saber movilizar a las asociaciones y colectivos más potentes para que, en el momento en que se les necesita de verdad, estén ahí y no miren para otro lado como si les hablasen de apoyar la construcción de un campo de golf en pleno desierto del Serengueti. Pero quizá en esta ocasión sea injusto echar la culpa a los políticos. En las circunstancias actuales, es necesario saber más que nunca hasta dónde estamos todos dispuestos a llegar para arrimar el hombro y desarrollar el inmenso potencial que tiene Santiago de cara al futuro. No valen buenas palabras, ni disculpas de mal pagador, como las que hemos oído en los últimos días, algunas de las cuales, por cierto, provocan cierto rubor ajeno. Si queremos una gran ciudad, la gran urbe gallega del siglo XXI, necesitamos demostrar que sabemos estar a su altura.

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