Domingo 16.11.2008
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La investidura parlamentaria y los actos de toma de posesión se han celebrado con total normalidad. Es el mejor elogio que puede hacerse. Ayer, tanto en el Parlamento como en la Praza do Obradoiro el nuevo presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, ha estado seguro, convincente e incluso brillante. Llegó a emocionarse al recordar los esfuerzos de la generación de sus padres, que sufrió la penuria de la postguerra, para que sus hijos tuvieran un futuro mejor. Proclamó humildad al definirse como "un gallego más". Tuvo palabras de elogio para todos sus antecesores en el cargo, y con los cuatro se hizo la foto, lo que le honra. Insistió en el diálogo, la concordia, el entendimiento y la colaboración con todos.
Aunque se trata de gestos y palabras propios de actos de esta naturaleza, tienen su importancia. Porque hay que cumplirlos, máxime cuando están por testigo las máximas representaciones políticas en el Parlamento y miles de personas en la gran plaza pública de Galicia. No se puede defraudar a todo un pueblo.
Y hoy toca comenzar a gobernar. No lo va a tener fácil. Deberá hacerlo en medio de la peor crisis económica que se recuerda, con unos niveles de crecimiento del paro impresionantes y sumidos en la deflación por vez primera en medio siglo. Conociendo este negro panorama, los gallegos le han dado su confianza.
Combatir el paro -lo ha repetido ayer- debe ser su prioridad. Para ello deberá aprovechar todo el potencial que proporciona el autogobierno, cooperar con las demás administraciones y con los agentes sociales y, sobre todo, generar confianza e ilusión. A día de hoy, el nuevo presidente cumple estos requisitos. Pero es necesario que se mantengan día tras día, sin desfallecer, porque la crisis va a ser larga y dura. No hay milagros ni recetas mágicas. Únicamente con trabajo, honradez, el acierto en la elección del equipo de gobierno y una buena dirección se conseguirá el objetivo. Es vital para Galicia.

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