Domingo 07.02.2010
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Las aglomeraciones en la Catedral de Santiago son un motivo de preocupación para todos, desde la propia jerarquía eclesiástica, hasta los poderes públicos encargados de la conservación del patrimonio. No son sólo los problemas de seguridad que plantea una concentración humana en un recinto cerrado, ni lo incómodo que resulta para quienes están siguiendo el culto aguantar el tránsito y el ruido de los turistas. Está también, al igual que sucede con otros grandes monumentos históricos, la repercusión de esta masificación sobre elementos singulares de tanta categoría como el Pórtico de la Gloria. Está claro que es preciso tomar precauciones y estudiar medidas que palíen estos daños. Pero no parece muy de recibo que se tomen sin tener antes la opinión de los propietarios del recinto. Puede haber dudas sobre cuál es la solución más acertada, pero está claro que no pasa por convertir el asunto en polémica abierta.

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