Domingo 16.11.2008
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El PP es el gran partido de la oposición en España, con más de diez millones de votos, y en Galicia con casi la mitad de la representación parlamentaria. La crisis económica ahoga a los españoles y el Gobierno es incapaz de enderezar la situación. Con este panorama, lo razonable es que Rajoy estuviera en alza y Zapatero a la baja. Sin embargo, la sensación es la contraria. El presidente resiste y el jefe de la oposición no logra superar los líos dentro de su propia casa. ¿Qué está haciendo mal?
Los episodios de ayer, que saltaron a las primeras páginas de todos los medios de comunicación, son un jarro de agua fría para las expectativas a corto plazo del PP, inmerso en tres procesos electorales vitales para su futuro. También para el PP gallego, a tres semanas de los comicios. Aunque Feijóo hizo lo que debía tras conocer las irregularidades fiscales de Luis Carrera, y Pablo Crespo, detenido por Garzón, pertenecía a la etapa de Cuiña, son casos que agravan un panorama ya de por sí complicado, inmerso el partido en una guerra fratricida en Madrid. En los últimos tiempos, al PP todo le sale mal, le crecen los enanos. Tras ocho años de bonanza en el Gobierno y cinco en la oposición, a día de hoy su actividad principal es dar palos de ciego en lugar de ejercer su papel de control al Ejecutivo.
¿Cuál es el camino? Evidentemente, no el recorrido hasta ahora. En primer lugar, debe ejercer con lealtad, pero contundentemente su labor opositora, imprescindible en una sociedad democrática. En segundo lugar, dar un golpe de timón para variar el rumbo y encarar con tranquilidad las tres citas electorales que se avecinan. De seguir así, de todas pudiera salir trasquilado.
Lo que procede al PP es diagnosticar la enfermedad y a continuación aplicar los remedios precisos. El enfermo aún no entró en crisis, pero si no se actúa de inmediato, ni las soluciones quirúrgicas más radicales serán suficientes. La democracia exige una buena y saludable oposición.

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