Domingo 21.03.2010
| Actualizado 18.02
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A muy escasas fechas de escribir su finiquito, es difícil encontrar un más abracadabrante final para la mina de Limeisa, por la prepotente actitud adoptada a lo largo de treinta años como dueña y señora de vidas y haciendas con el consentimiento de todos los poderes públicos habidos y los que vendrán. En la particular lucha de David contra Goliath, a los vecinos les ha tocado no sólo sufrir las penosas pero lógicas consecuencias de una industria molesta, sino que ésta actuase a su libre albedrío, con el incumplimiento manifiesto y continuado de la ley a lo largo de seis lustros. Y aún hay la indecencia de acusar a los vecinos de verdugos. Pobre País y más pobres quienes lo consienten.
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