Martes 10.02.2009
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Muchas veces comunidades próximas y con elementos comunes de unión están inexplicablemente alejadas. Al menos, en los aspectos formales o institucionales, no en el plano personal y afectivo. Nos estamos refiriendo a Santiago y a Vilagarcía de Arousa. La octava ciudad de Galicia, con cerca de 40.000 habitantes, capital de una de las comarcas más desarrolladas económica y socialmente, por sus características geográficas es el complemento perfecto para Santiago, centro político administrativo y cultural de Galicia, pero que tiene carencias que la cercenan, como la relativa lejanía del mar.
Si Vilagarcía es el puerto natural de Compostela, posee una playa que lleva su nombre, está a 25 minutos de distancia y las relaciones individuales entre sus habitantes son inmejorables, habría que preguntarse: ¿por qué no se intensifican estas relaciones en el plano corporativo, tanto en el ámbito de la empresa como en el de las instituciones? La comarca arousana y su capital sufrieron en las últimas décadas el embate de algunas plagas. La más importante, la del narcotráfico, con la carga que ello supone para su imagen. Esta misma semana se produjo un importante golpe policial. Fue también una de las zonas más castigadas por las riadas y el fracaso del anunciado superpuerto y de la feria más importante de Galicia, Fexdega, aún no ha sido superado. Todo ello hace que se perciba una cierta resignación de los ciudadanos ante determinadas calamidades.
No debería ser así. Estamos en el momento idóneo para superar esta etapa con el relanzamiento de las relaciones entre ambas ciudades. Hay grupos empresariales y sociales importantes que en sus mentes bulle esta idea, pero falta concretarla y que alguien tire del carro. Y no puede ser otro que las administraciones, autonómica y local. Es preciso impulsar la creación de un eje Santiago-Vilagarcía que complemente las enormes potencialidades de ambas ciudades.

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