Martes 10.02.2009
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La gran protagonista del discurso de investidura fue la verdad. En lugar de ocultar la situación que vive Galicia, Feijóo optó por describir un panorama descarnado, en el que casi todos los sectores básicos de nuestra economía están afectados por la crisis. Lo hizo, además, sin cebarse demasiado en las culpas de sus antecesores, quizá con la idea de abrir las puertas a los numerosos consensos que iría desgranando en su intervención. Esos acuerdos multipartidarios, unidos a la promesa de austeridad y la idea del autogobierno como medio para arreglar problemas, y no como fin, fueron después el eje de las recetas que precisó, con especial énfasis en las rebajas fiscales y en el logro de un modelo de financiación acorde con la realidad de Galicia.
La verdad también brilló en sus propuestas sobre el autogobierno y los planes lingüísticos. No volverá a repetirse, en lo que a la reforma estatutaria respecta, el juego del escondite. El Gobierno de Feijóo presentará su texto de modificación del Estatuto, concebido dentro de la legalidad constitucional. Idéntica claridad utilizó el candidato a ser investido como presidente de la Xunta al adentrarse en el capítulo idiomático. Tras constatar que existe un malestar social debido a la deriva impositiva de la normalización, anunció la derogación del decreto que regula el uso del gallego en la enseñanza. Se apoyó para ello, tanto en el programa electoral del PP como en el dictamen que elaboró el Consello Consultivo.
Si la verdad fue la nota dominante en los contenidos, la ausencia de ampulosidad caracterizó la forma. La sobriedad anunciada en la acción de gobierno se aplica también a la oratoria, solo condimentada con algunas citas. La más destacable, sin embargo, corresponde al propio Feijóo: no venimos a restaurar el pasado, ni a derribar lo que hicieron bien. Es una excelente declaración de intenciones para resumir un programa con algunos vacíos y silencios, que seguramente se llenarán en la segunda parte de la sesión.

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