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La miseria también habla español en Filipinas

Alrededor de un centenar de españoles, y miles de descendientes de familias de diversas partes de España, se encuentran en grave riesgo de indigencia en un país con 22 millones de pobres

MANILA. ATAHUALPA AMERISE  | 07.12.2017 
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La lengua, la cultura y la sangre españolas simbolizan estatus y poder en Filipinas desde el fin de la colonización hace más de un siglo. Aun así, rezagados de lo que otrora fue la élite han sido engullidos por la pobreza y la marginación de las calles de Manila.

A Edurne Ugalde, de 92 años, el alzhéimer le arrebató el habla pero no la sonrisa. Anclada a una silla de ruedas, su supervivencia depende de la caridad de la Sociedad Española de la Beneficencia (SEB), que le costea la estancia en la residencia de ancianos Santa María Josefa, regentada por monjas en el céntrico barrio de Malate.

"Nuestra labor es atenderlos, darles refugio, porque si no la mayoría vivirían en la calle", explica a Efe Juan Montel, director ejecutivo en Manila de esta organización que rescata de la marginalidad a personas sin recursos con nacionalidad o raíces españolas.

Alrededor de un centenar de españoles, estima la SEB, y miles de descendientes de familias de diversas partes de España se encuentran en grave riesgo de indigencia en Filipinas, un país donde hay 22 millones de pobres, más de una quinta parte de la población. Probablemente Edurne nunca imaginó que acabaría siendo una de ellos.

Nacida en Eibar en 1925, de joven emigró a Filipinas, la tierra de su marido y donde vivió con relativa comodidad hasta que él padeció una larga enfermedad que les consumió el patrimonio hasta el último céntimo. Rescatada por las monjas, estos días recorre la estancia con mirada perdida y ríe sin parar, como si se burlara de su propia suerte, aunque desde hace años ya no recuerda nada.

"La sanidad de Filipinas no es como la europea. Si una familia sufre aquí una enfermedad larga, como un cáncer, puede arruinarse por los gastos médicos y las viudas se quedan sin recursos para salir adelante. Entonces nos contactan y les acogemos", explica Juan Montel.

Para los españoles también es posible la repatriación, explica, pero es una opción a menudo inviable por la avanzada edad o el rechazo a regresar a una tierra ya casi olvidada tras décadas de arraigo en las antípodas.

Fundada en 1948, la Sociedad Española de la Beneficencia ayuda a unos 150 desamparados en Filipinas, la mayoría de la tercera edad, con un presupuesto de unos 160.000 euros anuales sufragados por el Gobierno de España y fondos propios.

Además de Edurne, en la residencia Santa María Josefa hay otros 56 ancianos. La SEB costea los gastos de 16 de ellos, como Ernesto Muñoz, un descendiente de malagueños de 63 años que diluyó todo su capital en alcohol tras perder el trabajo a una edad en la que ya es difícil encontrar otro.

"Acabé aquí hace dos años porque no tengo familia ya. Espero quedarme por el resto de mi vida", comenta Ernesto a Efe en un perfecto español.

Aunque cada vez más residual, la lengua castellana se conserva en Filipinas principalmente en las familias de ascendencia española como los Zóbel de Ayala, Araneta, Aboitiz o López, acomodados en la élite económica y social del archipiélago perdido en el Desastre de 1898.

El español, sin embargo, no es siempre sinónimo de riqueza. "Hay gente mayor que lo habla, aunque no sea de clase alta, porque sus familias han conservado la lengua al tener origen español", explica a Efe sor Lourdes de la Hoz, directora de Santa María Josefa, probablemente la única residencia filipina en la que se puede escuchar castellano en los pasillos.

Unos pasillos colmados de sueños rotos, de caídas al pozo de la miseria y tardíos rescates que al menos brindan unos años finales de alivio y dignidad. Con una mueca de euforia en su boca de un solo diente, Edurne recorre estos pasillos en una silla de ruedas pilotada por un trabajador social.

"Hace poquito creíamos que se nos iba, estaba muy malita, pero gracias a Dios ha rebufado y está con nosotros", cuenta el director ejecutivo de la SEB, mientras dedica a la anciana una mirada de complicidad. Ella no responde, se ríe a carcajadas. No para de reír.