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Lo que aún no sabes del 'efecto Carretas'

Era una calle invisible hasta el estreno del Centro de Acollida ao Peregrino // Hosteleros veteranos han visto cómo sus negocios repuntan y otros recién llegados emprenden su aventura con buen pie

Los peregrinos abarrotan la rúa Carretas a principios de septiembre. La apertura del Centro de Acollida ha cambiado por completo la vida de la calle - FOTO: C.D.U.
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Los peregrinos abarrotan la rúa Carretas a principios de septiembre. La apertura del Centro de Acollida ha cambiado por completo la vida de la calle - FOTO: C.D.U.

ELVA OTERO. SANTIAGO  | 27.09.2016 
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Pasan pocos minutos de las cinco de la tarde. En la puerta del restaurante Tarará dos peregrinas con acento alemán saborean café y cigarrillo mientras se bañan bajo el sol de septiembre. Llevan el éxito escrito en el rostro y se nota que acaban de quitarse un peso de encima. Bastón y mochila no le han restado brillo a su manicura impecable. Una lleva las uñas pintadas de salmón y la otra, de morado. La penitencia del Camino solo deja huella en las botas.

Carretas no es lo que era. El estreno del Centro Internacional de Acollida ao Peregrino a finales de 2015 y la reurbanización de la calle lo han cambiado todo. Su nombre ni siquiera figuraba en el paseo de la fama, ese que se dibuja en las oficinas de turismo para que el viajero haga un recorrido exprés por la ciudad. Salvo las visitas a un local que tiene ganada su aparición en las guías gastronómicas desde años atrás, pocos se acercaban a la histórica rúa. Muy cerca de la Catedral, hasta no hace mucho era injustamente invisible.

Y Mirna Díaz, del Tarará, lo sabe muy bien. Junto a su pareja, Josué Angarita Castro, abría su negocio en un minúsculo bajo a la altura del número 22 en el Xacobeo 2010. Era junio. “Pensábamos que todo iba a ser maravilloso como en ese momento. Había mucha gente”, recuerda la hostelera. Repartían folletos de publicidad en el Obradoiro y los turistas se acercaban en marea hasta el establecimiento. Además del menú y los precios, el panfleto incorporaba un mapa. En noviembre, se empezó a notar el bajón. La visita de Benedicto XVI obligó a cortar la calle para instalar los generadores eléctricos que alimentaban el enorme escenario que se montó a los pies de la basílica. Lo que fue un revulsivo para el sector turístico en toda la ciudad, en Carretas apenas se notó. “No podía pasar nadie. Aquí solo entraba el personal de seguridad y los escoltas. Había un despliegue impresionante”, cuenta. “A partir de diciembre nos recuperamos un poco, pero después entramos en una etapa muy negra. Llevamos cinco largos años de lucha”. La reurbanización de la calle vino a empeorar las cosas. “Las obras iban a durar cinco meses y finalmente fueron ocho más. El proyecto no se entregó hasta el pasado mayo”, lamenta.

UNA EMPRENDEDORA CON BUEN OJO

L.E.
Francis Oropeza, en la fachada de su restaurante Cañadú, en la rúa Carretas
FOTO: L.E.

El Cañadú despegó al abrigo del efecto Carretas. En el número 20, justo al lado del Tarará, Francis Oropeza Higuera decidía probar suerte por primera vez con un negocio propio. Después de doce años trabajando en el Sexto II, el pasado enero la empresaria abría su restaurante. “Vivo cerca de aquí y, cuando pasaba por esta calle en dirección al centro, siempre me fijaba en este local. Buscaba algo pequeño, un negocio informal, pero bien gestionado”, explica. “Al principio tuve muchas pérdidas por las obras, pero ahora hay mucho volumen de trabajo. Estos dos últimos meses (los del verano) han sido muy intensos”, añade sin concretar cifras.

Además de compartir calle, tiene algo más en común con Mirna Díaz: las dos tuvieron que salir de Venezuela por motivos políticos. Licenciada en Turismo en su país de origen y con algún vínculo gallego muy lejano, Francis estaba acostumbrada a cruzar el Atlántico. Gaiteira en el Centro Gallego, visitaba Compostela con cierta regularidad para participar en cursos organizados por el extinto Instituto Galego das Artes Escénicas e Musicais (Igaem). En colaboración con la Secretaría de Emigración de Venezuela, sus viajes a la comunidad también servían para recopilar datos sobre los centros de día a fin de exportar este modelo al país sudamericano. Un chef gallego con el que su familia mantenía una estrecha amistad acabó inclinando la balanza y, cuando las cosas se complicaron, hizo las maletas para instalarse en Santiago. Corría 2004.

Un año después llegaba Mirna Díaz. “No tengo raíces gallegas (su pareja sí), pero mi hermana estaba aquí… Vinimos de aventura y llevamos aquí once años”, recuerda. Sus dos hijos nacieron en Compostela. Josué, su marido, posee una dilatada experiencia en hostelería. Panadero y pastelero, trabajó en Marriott y, en el seno de la cadena internacional, tuvo ocasión de especializarse en otros ámbitos relacionados con el sector. Justo cuando le propusieron trasladarse a Londres, su vida cambió de rumbo y se mudó a España con su pareja. Una vez en la capital gallega, siguió cogiendo tablas en unos cuantos establecimientos hasta que en 2010, coincidiendo con el último Xacobeo, decidió emprender su propia andadura empresarial.

"NADIE QUERÍA ESTE LOCAL"

ECG
Mirna Díaz y Josué Angarita, en su restaurante Tarará
FOTO: ECG

“A Josué le ofrecieron este local. Por aquel entonces nadie lo quería. Cuando estaba el Xeral, funcionaba muy bien, pero en cuanto se fue, cesó la afluencia. Curiosamente también lo llevaba un venezolano”, apunta Mirna. Profesora en su país de origen, desembarcó en el negocio forzada por las circunstancias. “De cocina no tenía ni idea. En principio, iba a hacer bocadillos y sándwiches, pero la gente no pedía otra cosa que raciones y hamburguesas y tuvimos que adaptarnos”, sostiene.

Ellos han sido testigos de la metamorfosis de la calle. “Antes por aquí solo pasaban los estudiantes de Enfermería, Odontología y Medicina, los funcionarios de la zona y los empleados del hospital. Muchos siguen viniendo todos los años”, recalca. La foto ha cambiado mucho con el Centro de Acollida ao Peregrino y la reurbanización. Lo de peatonalizar el espacio les ha beneficiado. El caminante campa a sus anchas y, a diferencia de lo que ocurría en Rúa do Vilar (sede de la anterior oficina), “no tiene sensación de estorbar”. “Nunca un mes de septiembre habíamos visto tanta gente”, celebra. Mirna tiene sus reservas y cruza los dedos para que, una vez finalizado el Jubileo de la Misericodia (el 20 de noviembre), no desaparezca el movimiento. “Este año ha sido muy bueno, pero el que viene será mejor. El Camino es una publicidad constante y el resultado de las campañas se hace palpable unos cuantos meses después”, augura.