Jueves 19.02.2009
Hemeroteca web
|
RSS
Es el médico de moda. No tiene lista de espera, nunca duda ni se enfada, no se retrasa ni va a congresos, no nos echa broncas cuando transgredimos la dieta, volvemos a fumar, o incumplimos el tratamiento por enésima vez; en fin, es un santo y un sabio. Siempre tiene una respuesta para cada pregunta. Sabe de todo, le da lo mismo un lobanillo que un adenocarcinoma, una hepatitis que una lepra lepromatosa, un orzuelo que una orquitis traumática, se merece, sin duda, el premio Nobel.
Hubo un tiempo en que el conocimiento médico se trasmitía, de modo oral o escrito, de una forma oscura, discreta, exclusivamente de maestro a discípulo, ya fuera entre médicos, druidas, menciñeiros, hechiceros, brujos o chamanes.
Pasada esa época, el conocimiento se estableció en los libros, que quedaban a mano para todo el mundo, pero que a nadie, ajeno a la medicina y en su sano juicio, se le ocurría consultar, dado que suponían, acertadamente, que su falta de conocimientos, el discurso complejo, y los tecnicismos, los harían ininteligibles.
Luego, surgieron esos libros tipo El Médico en casa, verdadero quebradero de cabeza de padres, madres, y facultativos, pues, en ellos, si Pepito venía de la playa y se le descubría un inopinado lunarcillo, una simple peca, convenientemente adoptado por doña imaginación y don miedo, podía convertirse, fácilmente, en un terrible melanoma, o si era un poco rojizo, obviamente amenazaba una meningitis fulminante.
Esto último, quedaba claramente demostrado, además, si a Pepito le dolía la cabeza, después de emular a Messi, bajo el sol de agosto, durante tres horas.
Pues bien, esto era un juego de niños, al lado del doctor Google. No sólo supera al Médico en casa, sino que además facilita todo tipo de enlaces y foros, a modo de interconsulta electrónica automática, con montones de "especialistas" ciberespaciales.
El personal ha enloquecido, y se presenta en la consulta con el caso clínico diagnosticado, tratado, y a cubierto de toda eventualidad, porque: "ya lo he mirado en Interné".
Y, no es que sea malo el acceso rápido al conocimiento, lo que ocurre es que debe suceder, bajo varias premisas imprescindibles, a saber:
Primero, que la información sea fiable y pertinente. Segundo, que además de serlo, esté actualizada. Tercero, que se adecue a la persona que la precisa, lo que supone un diagnóstico correcto, que son palabras mayores. Cuarto, que quién la lee, tenga los conocimientos adecuados para valorarla convenientemente, valoración que no sólo consiste en entender, por leído, lo que allí se dice, como cree mucha gente, sino en saber lo que no se dice, en materia de: indicaciones, contraindicaciones, precauciones, efectos secundarios, reacciones adversas, incompatibilidades diversas: de actividades, farmacológicas, alimentarias, etc.
De la misma manera que nadie se pone a manejar una máquina compleja, a pilotar un avión, o a construir un puente, con unas instrucciones sacadas de "interné", sería deseable que quien no tenga la formación suficiente, no se aventure por selvas tan intrincadas, so pena, de cometer graves errores contra su salud o la de sus allegados. Por ello, determinadas páginas para profesionales ya indican que están hechas para el uso de estos, y no para el de advenedizos, desavisados, o diletantes.
En materia de salud, recordemos el eterno "primum non nocere", lo primero es no dañar. Tan fácil y asequible como eso.
