Jueves 25.09.2008
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Recientemente he leído en un artículo de EL CORREO GALLEGO (con fecha 6 de diciembre) que se confirma la noticia de que antes de que concluya el año 2009, a las puertas ya de un nuevo Año Santo, se escenificará en Santiago de Compostela el 'Belén viviente de Greccio', lo cual para mí es una muy grata noticia, tanto que no quisiera perderme esta oportunidad histórica, puesto que esta representación tan sólo se ha puesto en escena en una ocasión fuera de Greccio, en la Roma imperial y papal, "caput mundi" ("capital del mundo").
Conozco Greccio. Se trata de un recoleto pueblo que asciende montaña arriba en el entorno del valle de Rieti, a unos 90 kilómetros de Roma. Pero Greccio, en realidad, no es un pueblo conocido en el mundo por sí mismo, sino por un ilustre vecino que pasaba allí largas temporadas refugiado al amparo de su amada naturaleza, sus árboles "hermanos", la fragancia de las flores en primavera, o el canto de los pájaros que tanto fascinaba a este ser singular llamado Francisco (en italiano Francesco, o "pequeño francés", porque su madre era francesa, y así lo llamó su propio padre), natural de Asís, la ciudad de la paz.
A un par de kilómetros de Greccio se halla el austero y bello santuario con el convento actual y el medieval. Allí, como sobre una balconada que se recrea en el fructífero valle (conocido hoy como el valle santo), antaño tierra firme que sustentaba las aguas de un lago, los frailes franciscanos cuidan el espacio y reciben a los peregrinos/as y visitantes que ascienden para conocer aquel hermoso paraje natural, inmerso en la frondosidad de la montaña en el que un 24 de diciembre del año 1223, al anochecer, un mendigo (Francisco) "montó", literalmente, un Belén viviente, dando así origen a esta tradición que se ha extendido por los cinco continentes.
Francisco contaba entonces alrededor de unos cuarenta y un años, y estaba muy enfermo, pero no había perdido ni un ápice de su fuerza espiritual como hombre de bien.
Una serie de televisión recientemente emitida por la RAI italiana, con una audiencia media de 7 millones de telespectadores, refleja muy bien este evento reseñado también en las biografías de la época. Francisco regresa de Tierra Santa muy enfermo. Llegado a un punto del camino pregunta a Fray Iluminado, su compañero de aventuras en Oriente, qué pueblo es aquél que se ve en lontananza. Iluminado contesta de inmediato: "Greccio", a lo que Francisco contrapone: "no, Iluminado, es Belén", y una vez allí celebra la Navidad en una gruta, rodeado de animales y de la buena gente del contorno.
Francisco era así, un mago capaz de hacer que lo ordinario, lo sencillo, lo humilde, se convierta en algo extraordinario y emotivo. Ahora que se nos invita a celebrar la Navidad de la sociedad consumista, no nos olvidemos de cuál es su sentido. Belén significa literalmente Casa de Pan, el pan que se parte y se comparte. Hoy Greccio y Belén están hermanadas por el gesto de un hombre que hizo del amor el centro de su vida. Y también Santiago de Compostela se puede convertir en una nueva Belén, en un nuevo Greccio, a fuerza de solidaridad. El amor siempre se sale con la suya, al mal se le vence a fuerza de bien, a la prepotencia, a fuerza de humildad y compromiso solidario. Navidad es amar, e invertir en los demás, en los desheredados en compañía de los cuales andaba Francisco de Asís.
Compartir es una forma de amar. La máxima romana de "pan y circo" ha sido superada, hoy necesitamos escenificar una obra real como la vida misma: dar, compartir, ser para los demás, abrir las puertas del corazón y dejar que el amor fluya como un manantial de aguas puras, como estas lluvias sempiternas de la ciudad de la piedra que son arte y también bendición para la tierra. Llueva, llueva mucho e intensamente la solidaridad, como una forma nueva de "montar" el Belén de la vida, más justa, más digna para toda humana criatura. Entonces sí, será Navidad.
