Jueves 25.09.2008
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Pianismo ruso para completar el II Ciclo Ángel Brage en el Auditorio de Galicia fue lo que nos dejó Alexander Ghindin, tras las visitas de K. Zimerman y T. Barto. Quizás el reclamo oficiase en la obra de Scriabin. El pianista tendría sus atenciones para Rachmaninof, del que tiene registrados conciertos para Ondine con Ashkenazy y la Orquesta Sinfónica de Helsinky y con esos Cuadros para una exposición de Mussorgsky, que siempre contribuyen a enervar el entusiasmo del aficionado.
Ghindin sabría pasar de los motivos arcaizantes de Il vechio castello al bullicio desmelenado de Tuilleries o Limoges, le marché, para centrarse en el renqueante paso cansino de Bydlo, o el zigzagueante Ballet de los polluelos en sus cascarones.
Scriabin, santo de devoción como ahora puede serlo Schnittke del que el pianista tiene en registro su concierto para piano, tiene sus seguros seguidores a través de las visiones de los Sofroniski, Horowitz o Giesekin.
Era pues una proposición tentadora para quedar como la guinda de la tarde. Ghindin desentrañaría desde la propia nervadura del autor, en parte por la enorme amplitud del rubato o esa permanente imprevisibilidad del fraseo para completar en la exasperación de los contrastes.
Queda el secreto a descifrar y del que el propio ejecutante tiene las respuestas, de unos pentagramas con sus aspectos enigmáticos en un autor del que se dice sobresale por su vena mística, una constante de carácter. Una vivencia agotadora la de su pianismo, que lo será indistintamente para el oyente y el responsable de resolver sus interioridades. Detalle sobre el propio A. Scriabin, un creador ajeno a las tentaciones del nacionalismo ruso que a tantos comprometería, y que por la inercia insalvable de instinto habría de acomodarse a las sugerencias que le proponía la libertad armónica procedente de Chopin.
