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tribuna libre

López Ferreiro, dechado de bondad

20.03.2010 

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JOSÉ MARÍA DÍAZ FERNÁNDEZ

Pongo de entrada la respuesta que dio Eribert Barrera en la televisión, al periodista que pretendió halagarle proclamando la inteligencia como supremo valor. "Ah no -protestó al instante- el supremo valor es la bondad". Hoy, 20 de marzo, se cumple el primer centenario del fallecimiento de López Ferreiro, gran figura de Galicia en los múltiples campos de la historia y la literatura. Sucedió en su casa de Vilanova. Tenía especial querencia a estas tierras desde su primera experiencia de párroco de Vedra durante unos seis años, y aquí buscó, cuando su vida comenzaba el declive, el lugar apacible y deleitoso donde leer, escribir, rezar...

Como todo el mundo sabe, nació en la ciudad de Santiago, en la casa que así lo indica con elocuente lápida, colocada en febrero de 1911: "bo galego, bo sacerdote, bo historiador, bo literato". En menos palabras no cabe decir más, si caemos en la cuenta de que el adjetivo "bueno" alcanza aquí la plenitud de su significación: su persona y su pluma sólo transmitieron bondad. Tanto en su obra de mayor alcance, como en sus escritos menores, un aura de dulzura y comprensión envuelve a personas y acontecimientos. No conoció la crítica amarga ni despectiva, señal clara de que todo lo abordó desde su espíritu alegre y sosegado. Los que lo trataron de cerca dejaron constancia de lo mismo, incluso algún viajero ilustre que tuvo la suerte de topar con él. Por lo visto, en Vilanova escribía al calor de la lareira, en conversación efusiva que, lejos de distraerle, lo mantenía alegre. No cabe duda: las obras de López Ferreiro están escritas con mucha paz.

No es que todo le sonriera en la vida. Desde luego, supo muy bien lo que quería desde el principio. Se ha llegado a decir que el cardenal Cuesta lo nombró canónigo gratamente sorprendido por una breve obra suya sobre el matrimonio civil, refutando un discurso en las Cortes de Montero Ríos. No fue así. López Ferreiro ya había sido introducido en el Archivo de la Catedral por el canónigo Zepedano, y, seguramente por indicación de éste, el cardenal Cuesta quiso dotar al Cabildo de un joven historiador con gran futuro. Ya contaba con publicaciones que, con toda seguridad, mostraban "en esperanza el fruto cierto" que diría fray Luis. Y los frutos granados no se hicieron esperar, año tras año...

Cuando falleció a los 73 años estaba corrigiendo las galeradas de imprenta del tomo XI de su Historia de la Iglesia Compostelana, que quedó incompleta.

Mucho se ha escrito sobre su polifacética personalidad, que abarca historia, paleografía, arqueología, literatura... Se le puede aplicar aquella observación de Chesterton sobre los grandes artistas del Renacimiento que igual labraban una estatua asombrosa que un cofrecito de oro igualmente delatador de su talento.

En el camino de los humildes

En el campo de la historia se movió con andadura propia prescindiendo de conjeturas y fantasías, atenido al examen directo de los documentos. ¡Qué cúmulo de transcripciones! ¡Qué afán allegador de documentos! ¡Qué fuerza captadora de los significados hondos! No es extraño que personajes de la categoría del P. Fidel Fita y Menéndez Pelayo reconocieran su gran talla. Pero no quiso desenvolverse en las altas esferas. Prefirió el camino liso de los humildes, haciéndose asequible, en hermosa prosa gallega, con esas tres memorables novelas: son tres felices intentos de recrear ambientes históricos, haciéndolos asequibles de modo divulgativo.

Por poner un ejemplo, ¿qué podría decirnos del arzobispo D. Gaspar de Abalos (nuestro primer arzobispo cardenal) la escasa documentación conservada, si, a base de ella, López Ferreiro no lo hubiera intuido certeramente en diálogo amistoso con Antonio de Arfe, en el mismo talles del orfebre, cuando labraba la custodia eucarística de nuestra Catedral?

En muchos aspectos, López Ferreiro fue verdaderamente afortunado. Tuvo compañeros de gran talento y preparación (algunos de ellos ocuparon pronto importantes sedes episcopales) por los que se sintió valorado y estimulado. Su espíritu laborioso y humilde, seguramente le ahuyentó envidias y le granjeó la general benevolencia. Así se explica la confianza que el Cabildo depositó en él: publicaciones, investigaciones, restauraciones, nuevas obras en la misma Catedral, como la remodelación de la cripta apostólica conforme a los criterios historicistas entonces en boga...

Su huella más perdurable está en la búsqueda y hallazgo de los huesos del Apóstol, seguido del proceso diocesano promovido por el cardenal Payá, previo al proceso apostólico que culminó en la bula de León XIII con la autentificación canónica de las Reliquias de Santiago.

La tribulación también llegó. El cardenal Payá, que se cargó de gloria secundando sus iniciativas, terminó cambiando de actitud. López Ferreiro era hombre libre e impedido, por tanto, de decir a todo amén: hubo discrepancias hondas y legítima apelación a instancias superiores.

López Ferreiro se vio canónicamente suspenso, humillado y abatido. Fue una noche oscura muy breve, pues don Vicente Guisasola, sucesor de Payá, y luego el cardenal Martín de Herrera, abundaron en muestras del más alto reconocimiento. Él ya estaba de vuelta de todo y se aplicó a la letra los conocidos versos de fray Luis de León: dichoso el humilde estado / del sabio que se retira / de aqueste mundo malvado / y con pobre mesa y casa / en el campo deleitoso / a solas la vida pasa / con solo Dios se compara / ni envidiado ni envidioso.

Así, ni envidiado ni envidioso, al pie mismo del Pico Sacro, "disfrutando de una de las más bellas vistas que puede ofrecer nuestro país", como él mismo escribió, terminó sus días con la pluma en la mano. Dice Saavedra Fajardo que la cuna no florece hasta que florece la sepultura. La sepultura de López Ferreiro, en el Claustro de la Catedral, hoy se ve completamente florecida.

 

*DEÁN DE LA CATEDRAL DE SANTIAGO

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