Martes 24.03.2009
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Cada cual es muy libre de buscar la felicidad por los medios que le salgan del napiamen, pero con el tema del culto al cuerpo y de la moda estamos rozando el disloque más absoluto. Más que rozando, nos hemos pasado ya tres pueblos. Dicen muchos veinteañeros que con la mierdecilla que ganan, los famosos mil euros del pringao de manual, les resulta imposible independizarse, y sin embargo luego muchos se pulen lo que no está en los escritos en comprar compulsivamente falditas de fulanita y abrigos del último hortera-bolera fichado para la pasarela alternativa de Mogambo la nuit. Además, su máxima preocupación vital es, fíjense qué desgracia, conseguir entrar en una talla 36. Vaya por Dios.
Eso ocurre a los veinte, y a los cuarenta muchas y muchos se han vuelto ya adictos al botox, o como se llame el potingue ese que aniquila las arrugas de un plumazo. De hecho, algunos cirujanos estéticos no dan abasto a la hora de alisar rostros que empiezan a ajarse, todo con el objetivo de que la señora de 60 tenga el aspecto de una cuarentona estupenda y de que el cincuentón no se deprima mucho al compararse con los surferos fibrosos de veintitantos. A casi todos nos gusta, para qué negarlo, controlar un poco la batalla del tiempo y retrasar lo más posible la hora del naufragio corporal, pero al paso que vamos corremos el peligro de convertirnos en un clon de esos millonarios agilipollados, ociosos y ridículos que salen en las películas norteamericanas (y ya en algunas españolas). Ya saben, la abuela plasta con la cara planchada, el centenario con mueca permanente y cara de payasín de feria y la mamá cañón de 50 que parece más joven que su hija de 26 y que al final acaba liándose, claro, con su yerno.
Para colmo, aquí estamos todos metidos de lleno, según parece, en la lucha contra la obesidad y la anorexia, pero este tema también se ha sacado de madre incluso por los profesionales que en teoría más saben del asunto, como médicos, dietistas y psicólogos. ¿Acaso no están viendo como ciertos doctores se llevan las manos a la cabeza cuando una chavalita de 15 años pesa 55 kilos en vez de 50 o 45 en vez de 52? ¿De verdad se puede calificar a la primera de cuasiobesa y a la segunda de cuasianoréxica? ¿Es justo llamar obesas a personas que sólo tienen un ligero sobrepeso? Pues lo están haciendo. Lo estamos haciendo.