Jueves 25.09.2008
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La ciencia ha avanzado tanto, tantísimo, en las últimas cinco décadas que los humanos y humanoides variados nos creemos los reyes del mambo, una especie de dioses capaces de lograr cualquier cosa si el objetivo está claro y el dinero abunda. Si el plan es ir a Marte, a Marte vamos, y si queremos mantener con vida cuerpos en estado vegetativo, mil maquinorrios hay capaces de conseguirlo, por citar solo dos ejemplos. Pero luego se produce un largo periodo de sequía y seguimos paseando a los santos en procesión para ver si alguno saca de su pasotismo a los dioses de la lluvia. Y si ocurre lo contrario, como estos últimos días en Santiago y Galicia entera, tampoco no nos queda más remedio que encomendarnos a san Caldero y esperar a que escampe con la fregona y el cubo en posición de prevengan.
Manda huevos, brothers, con la indómita naturaleza. Seguramente pasarán siglos y seguiremos a merced de ella, sin posibilidad de meterla en vereda. Para colmo, cuanto más avanza la técnica más solos y endebles nos sentimos al comprobar con datos irrefutables, científicamente, que el Universo nos supera y nos desborda por todas partes. La única certeza que tenemos es que vivimos todos en una puñetera pelota azul que se limita a dar vueltas fijas por una minúscula zona de un cosmos infinito y que, en cualquier momento, dicho pedrolo se puede ir al carajo, sin que eso vaya a repercutir, siquiera un poco, en el orden o desorden natural.
Con este panorama, no es de extrañar que cada vez haya más gente enganchada a los ansiolíticos y a todas esas sustancias, legales o no, que logran enmascarar o adormecer momentáneamente la angustia vital, el miedo a vivir y a morir. Hace ya siete meses que el maestro Antonio Vega se fue con su guitarra y su voz triste a otra parte, pero muchos de los versos que nos dejó siempre serán un referente cuando nos dé por flipar en plan meteorológico o cósmico: Lucha de gigantes convierte/el aire en gas natural/un duelo salvaje advierte/lo cerca que ando de entrar/en un mundo descomunal/siento mi fragilidad.
Pues eso, ¿para qué decir más?
