Jueves 25.09.2008
Hemeroteca web
|
RSS
¿Es mucho o no es mucho pagar 70 euracos por ver al Printin?, como llaman o llamaban al Boss la señoras del Madriz más castizo. Hombre, pues asegún, habría que responder a quienes se están llevando las manos a la cabeza al comprobar el furor con que se están vendiendo las entradas para el concierto de Santiago pese a la crisis galopante. Y es que sí, por una parte resulta chocante ver cómo miles de personas se pulen semejante pellizco en algo en teoría tan superfluo, pero por otra, como dice el anuncio, hay cosas que no tienen precio. Entre ellas, claro, un concierto de Bruce. O de los Rolling. O de Pink Floyd. O de Queen, si el cabroncete de Freddie Mercury no nos hubiese dejado abandonados a nuestra suerte, sin rapsodias bohemias que echarnos a la boca. O de tantos y tantos grupos que nos hicieron felices y aún hoy acompañan nuestros mejores momentos y recuerdos.
Setenta euros es, objetivamente, mucha pasta para disfrutar de un placer de apenas dos horas, aunque habría que preguntarse cuánto gastan infinidad de jóvenes durante una sola noche de botellón, o en un bolso de moda, o en unas zapatillas molonas. Y cuánto nos pulimos o se pulen algunos carrozones en una cena minimalista oriental con vinos de la releche, cuyo regusto, pese al precio, apenas dura unos minutos. Un buen concierto, en cambio, se almacena en la memoria durante toda la vida. Por cierto, ¿recuerdan el que ofreció Elton Jonh en Madrid en marzo del 86? Fue tan glorioso que algunos nos dejaríamos arrancar la serrinosa cabeza por disfrutarlo otra vez. Setenta euros: qué poco cuesta la felicidad.
