Martes 17.06.2008
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| La madre de la soldado Idoia se desmaya y es agarrada por su marido al recibir el cadáver FOTO: ramón escuredo |
Sin que ellos pudieran siquiera imaginarlo, el trágico 11-S marcó silenciosamente el devenir de sus días. Por aquel entonces, eran todavía doce jóvenes gallegos ajenos por completo al integrismo talibán. Pero fue esa fecha maldita el origen de que el destino se entretuviera maquiavélicamente entretejiendo los hilos de sus vidas hacia un destino común: morir en Afganistán. Los doce eran soldados profesionales de la Brigada Ligera Aerotransportable (Brilat) con sede en Figueirido (Pontevedra) y se encontraban en el país asiático cumpliendo la misión de paz que le fue encomendada a España después del violento desembarco de Estados Unidos en represalia por el ataque a las Torres Gemelas.
En los fríos términos del militarismo con el que se evalúan estas acciones, las doce vidas de los soldados gallegos equivalen al 42,8% del total de las 28 pérdidas humanas que España se dejó en los ocho años que lleva de presencia en suelo afgano. Un porcentaje que baja hasta el 13,3%, cifra que sigue siendo destacable, si se tienen en cuenta las víctimas del Yakolev-42, nada menos que 62 militares que regresaban de la primera misión en el antiguo país de los mulás y que después de salvar todas las adversidades imaginables, paradójicamente, encontraron la muerte en un dantesco accidente en las colinas de Trebisonda, en suelo turco.
Herat, zona peligrosa
Las primeras diez muertes gallegas en Afganistán sucedieron simultáneamente en un desgraciado 16 de agosto del año 2005, en Herat. Ese día, el helicóptero en el que llevaban a cabo unas rutinarias maniobras militares, por razones nunca del todo conocidas, acabó estrellándose contra las montañas áridas de la zona. Allí dejaron sus vidas el cabo Daniel Abreu Fernández (Vigo, 24 años, casado y con un hijo), y los soldados Diego González Blanco (Ourense, 27 años, soltero), Diego Prado López (Vilalba, 23 años, soltero), Isaac Calvo Piñeiro (Ferrol, 20 años, soltero), Jesús Casal Rivera (Vigo, 26 años, soltero), José Ángel Martínez Parada (Ribeira, 21 años, soltero), Iván Vázquez Núñez (Foz, 20, soltero), Gonzalo Casalderrey (Pontevedra, 25 años, soltero), Pedro Sanmartín Pereira (Barro, 24 años, soltero) y Pablo Iglesias Sánchez (Lugo, 22 años, soltero). Junto a ellos, en el mismo siniestro fallecieron cinco militares de acuartelamiento sevillano de El Copero.
Un año y medio después, el 21 de febrero de 2007, perdía la vida la soldado Idoia Rodríguez Buján, de 23 años de edad y natural de Friol, al explotar una mina al paso del convoy en el que viajaba. Había ido voluntaria para ahorrar para su boda y encontró la muerte.
La última víctima gallega, el cabo primero vigués Rubén Alonso Ríos, falleció el 9 de noviembre de 2008 en un ataque suicida reivindicado por grupos talibanes. Tenía 3o años, mujer y dos hijos. En el mismo atentado pereció el brigada asturiano Juan Andrés Suárez García.
Atropello e infarto
La misión del Ejército español en Afganistán sufrió la muerte de noventa soldados, si también se contabilizan las 62 bajas causadas por el accidente del Yak-42 en Turquía. Las 28 restantes se produjeron todas en el suelo del inhóspito país asiático. De las doce gallegas, diez sucedieron en el siniestro del helicóptero Cougar y dos en atentados de la resistencia integrista islámica. De las otras dieciséis víctimas mortales, siete estuvieron provocadas por un accidente aéreo (los militares que acompañaban a los gallegos en el helicóptero), seis por ataques de la guerrilla talibán, uno perdió la vida en un siniestro de tráfico, otro fue atropellado por un vehículo y, finalmente, hubo una muerte por infarto de miocardio.
De los ocho soldados que dejaron sus vidas en Afganistán víctimas de atentados, además de los dos gallegos, tres eran extranjeros y de países distintos, un peruano, un ecuatoriano y el último, fallecido el lunes, colombiano. Completan esta trágica nómina un canario, un extremeño y un asturiano. El dato de los foráneos es significativo, conforman el 7% de la tropa española y suponen el 43% de las víctimas en acciones armadas.
"Es un calvario, noche y día pienso en ella"
El próximo 21 de febrero se cumplirán tres años de la muerte de la soldado Idoia Rodríguez Buján en Shindand, provincia de Herat. Tenía 23 años y estaba a punto de casarse. Una mina antivehículos alcanzó la ambulancia en la que iba, acabando con sus sueños y con su vida. También con la de sus padres, Constantino Rodríguez Arias y Consuelo Buján Roca, un humilde matrimonio de Friol que no tienen más hijos. Desde aquel fatídico día, la madre es la antítesis personificada de lo que significa su nombre. Pasaron más de mil días y ni uno solo de ellos dejó de llorar por Idoia. "Noche y día, es un calvario. No hay palabras para poder expresar el dolor que se siente", explica. Con todo, sabe perfectamente que peor que la cantidad de lágrimas derramadas es aceptar la certeza de que nunca más la volverá a ver. Esa es la razón por la que llora a menudo sin motivo aparente y desconfía de que el tiempo pueda llegar a curar algún día las intensas heridas de su alma. "El tiempo pasa, pero ellos no vuelven, eso siempre está en la cabeza de uno", afirma.
Y cada vez que se produce una nueva muerte de un soldados español en misión internacional es inevitable revivir toda la angustia pasada en las primeras horas en que conoció la muerte de su hija. "Aunque el dolor está siempre ahí, estos días son especialmente duros, todo el proceso vivido te vuelve a pasar por la cabeza una y otra vez. Es un calvario", repite de nuevo. Sin embargo, desde el desconsuelo permanente en el que vive, todavía le quedan fuerzas para conmoverse por los familiares de las nuevas víctimas. "Yo sé lo que pasé, lo que sufrí y sufro y no puedo dejar de pensar toda la desesperación que les espera. Es muy duro, ellos fueron allí con muchas ilusiones, no buscaban la muerte, pero la muerte los buscó a ellos", dice resignada n
