Domingo 12.02.2012
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| Cambió la ciudad por el campo: María José Dopico en su granja de Moeche |
La vida en el campo va mucho más allá de los romances, noches de vinos y remojones en los ríos anunciados por Granjero busca esposa. La ferrolana María José Dopico también dejó la ciudad por amor: pero para ponerse al frente de 132 vacas, 18 gatos y dos perros. Junto a su marido, José Manuel Pena, lucha por sacar adelante una granja en Moeche contra los vientos de crisis. "Xa non podemos nen contratar obreiros, temos que facelo todos sós, mesmo a recollida de forraxes", se lamentan mientras se acumulan las deudas propias y ajenas.
Las ayudas prometidas por las administraciones no acaban de llegar. "Nos deben en total 16.200 euros, entre los daños del Klaus, planes de mejoras, subvenciones a la cuota de leche...", enumera María José. Y el más pequeño ingreso se destina a mantener la granja: "La devolución de la renta o la venta de madera se dedican a reparar los daños causados por el jabalí, o la venta de una ternera a pagar el seguro del coche". A sus 39 años, María José llega a recalcar que "só me compensou vir ó campo cando as administracións concederon axudas de ata o 50% na cotización da seguridade social para as mulleres gandeiras". Pero calcula que "cando acaben estas axudas, pagarei só un seguro privado para cotizar máis". Su marido trabajaba para el antiguo dueño de la explotación, hasta que en 1998 la pareja decidió comprar la granja. "Tuvimos que partir de cero sin ayuda de nadie, hasta vendimos un piso que teníamos en Ferrol para invertir, pero no hemos mejorado y no sé si soportaremos otro año como éste", reconocen.
Cobran 29 céntimos por litro, menos que hace 20 años "y aún así no somos los que peor estamos". ¿Principal culpable? "La Administración, la UE debería conceder las ayudas directamente al productor sin más mediadores. Pero si caemos, detrás de nosotros van los demás: vendedores, veterinarios, empresas", concluye María José. Y otra dureza del campo: "No hay tiempo ni para ir a bodas".
Desde las 06.30 de la mañana, María José y su marido dedican su vida a la granja. "Intentamos dormir cinco horas, pero cuando hay partos te acuestas a las 03.00", mientras el día transcurre entre alimentar al ganado, limpiar cuadras, reparar fincas, ordeñar... Si un domingo tienen un bautizo, se levantan a las cuatro de la mañana. En la comunión de la niña, a las cinco de la tarde ya estaban en casa. "Mi familia no compartía la decisión de trabajar aquí, pero sigo por tozudez. Ganaríamos calidad de vida si la administración abonase las ayudas y pudiésemos pagar un obrero", cuenta esta granjera.
Lo que más le compensa: "Tienes más tiempo para estar con la niña y le encantan los animales, aunque casi no puedes ni acercarla a la playa" .
"Lo mejor, estás más tiempo con tu hija"
