Domingo 28.12.2008
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| Encajes de ángeles y diablos en un festival gótico en Alemania |
Todo empezó con los rockers: fanáticos seguidores del movimiento pélvico de Elvis Presley. Perseguidos por aquellos sureños que quemaban discos de rock, en el cinturón bíblico de Estados Unidos. Ni siquiera los tremendos músicos del jazz, entre opio y voces desgarradas, lograron la formación de las tribus urbanas. Se necesitaban dos guerras mundiales y cierta prosperidad económica para que saltara el fenómeno teen.
Desde los ardientes años 50 de Jerry Lee Lewis, sobre el planeta han llovido cientos de estilos, subculturas y seguidores. Los fans o groupies de los Rolling o Led Zeppelin mimetizaron su aspecto externo. Muchos llevaron las diferencias hasta el extremo. Los mods y los teddy boys terminaban los etílicos fines de semana peleándose en las playas de Inglaterra. Mientras Sid Vicious se fugaba a Nueva York con su novia Nancy, antes del sangriento final, los desheredados de Inglaterra secundaban tachuelas, cueros y pinchazos. Héctor Fouce relata "las subculturas del fetichismo, el sadomaso o la esvástica en el punk". Toda aquella furia callejera se aplacó con el tiempo, "en apogeo y decadencia", según el profesor Fouce.
Según la doctora Filgueiras y sus compañeros psicoterapeutas, "la nebulosa afectiva permite comprender el vaivén actual de masas-tribus". Por las calles asistimos a sinfonías urbanas: espirituales artistas callejeros, dinámicos devotos del gimnasio, looks tan retro como gafapasta, niños pijos con logotipos de animales en sus polos... Unos más "hijos de la crisis" que otros, como en el caso de los desempleados del punk. En un panorama más narcisista, la llegada del mundo adulto se retrasa y la estética diferenciada se conserva hasta bien entrada la madurez. Hasta nuestros políticos pasan la cincuentena entre abdominales y pulseritas de cuero.
