Sábado 13.12.2008
Hemeroteca web
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buscar libros por el catálogo informatizado, a pie de pantalla, carece de duende. Si el perro de la prisa ladra poco, prefiero pisar estanterías. La búsqueda entre intrigas da emoción, parte esencial de la lectura. Paseando pista desconocida se llega a lo inesperado, dulce o amargo. Unos cruzan media vida apostando al mismo número, otros no. Tras extraviar el carné, vuelvo a ser socio de la biblioteca de Sestao, donde no piden foto para ello, a diferencia del centro Ánxel Casal o de la biblio de Bertamiráns, donde hace poco precisé conectarme a Internet y obtuve más noes de quien atendía que yendo a un congreso de cifras negativas; fue en medio de una situación donde me vi antes mil veces y siempre acabé junto a alguien que ayudaba a saltar el problema espontáneo (falla la tarjeta, portátil sin batería, error en la red WiFi del hotel, etc). Ante el laberinto de estantes, lleno de títulos escritos en vertical, me fié de las editoriales. Busqué la A negra de Anagrama en su colección Andanzas, donde vive Italo Calvino y otros autores que me dejaron peso y poso; también localicé la A amarilla de las obras catalogadas como Panorama de Narrativas, vecindario de Carver y otras manos de buen recuerdo; y luego observé todo lomo negro con una figura que se zambulle, logotipo de El Acantilado, editora pequeña con lupa sobre letras escondidas. Este experimento veraniego llegar al caer en agua de los olvidos, por no recordar las reseñas leídas en esta misma sección y firmadas por José Miguel Giráldez o por olvidar recomendaciones amigas; y así, tropezando en lo inesperado, hoy leo Carlota Fainberg, novela corta de Muñoz Molina, y unos relatos de Mijail Zoschenko. Ya les diré.
