Jueves 25.09.2008
Hemeroteca web
|
RSS
Ya sea por falta de medios, por una voluntad de austeridad, o por ambas, hay una tendencia actual en el cine de ciencia ficción a reducir al máximo los efectos especiales, a prescindir de la espectacularidad y del ilusionismo en favor del retrato de los personajes; protagonistas más humanizados a los que se priva del habitual estatus de héroe para convertir las narraciones en historias de este mundo.
Cineastas jóvenes o debutantes son los que abogan por estas estéticas austeras para poner en escena unos relatos difícilmente imaginables sin la típica parafernalia cinematográfica, pero sin duda mucho más acertados, por reales y cercanos. The American astronaut (2001), de Cory McAbee, Moon (2009), de Duncan Jones y ahora Monsters, de Gareth Edwards, nos devuelven a un cine primitivo en un marco futuro.
En Monsters, el género se convierte en pretexto, la ciencia ficción permanece en segundo plano, más como escenario para sugerir una serie de metáforas que para contarnos la invasión extraterrestre que resuena de fondo. Lo que importa aquí es la historia de amor que surge en ese contexto, desde que nace hasta que muere, tratando de hacerse oír en medio del caos. El viaje de dos jóvenes en una doble huida, la de esa amenaza externa y la de sus propias vidas, testimonio de un frágil estado de las cosas por el que asoma una decadencia universal. Decisiones infaustas fruto de impulsos y confusión, que en el film se traducen en la separación inexorable de las personas y los pueblos.
Esa separación es la frontera entre Estados Unidos y México, el punto de partida del conflicto alienígena, donde una nave se estrella y propicia la reproducción de sus tripulantes. Aunque es casi inevitable eludir una lectura contra la inmigración impuesta por el punto de vista yanqui de los protagonistas, Monsters aboga por que los dos países unan sus fuerzas para controlar la amenaza.
Con un clímax inusual en el cine de género, la aparición de los monstruos está lejos de provocar el horror y la histeria. Dos inmensos pulpos cargan su energía con electricidad en medio de la noche oscura, enroscando sus tentáculos en un momento de increíble plasticidad y ternura que, como al espectador, hipnotiza a los dos protagonistas.
La única pena es la insisten- cia del director en un ritmo acelerado que hacia el final requería cierto tiempo para contemplar, entre fascinado e inquieto, los paisajes desolados que atraviesan a paso ligero los protagonistas.
