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El humor marca la entrega del premio Cervantes al gran Eduardo Mendoza

El autor arranca sonrisas a los asistentes a la gala y destaca, tras una larga conversación con la reina Letizia, que mantiene con ella “una relación cordial y fluida... hemos hablado más veces”

Mendoza tras recibir el Premio Cervantes de manos de Felipe VI.  - FOTO: EFE/Juan C.s Hida-lgo
Mendoza tras recibir el Premio Cervantes de manos de Felipe VI. - FOTO: EFE/Juan C.s Hida-lgo

CARMEN NARANJO / E. P. MADRID  | 21.04.2017 
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El escritor Eduardo Mendoza reivindicó ayer, tras recibir el premio Cervantes 2016 de manos del Rey, la excelencia del humor en la literatura, que practica en sus escritos “con reincidencia”, negando que sea un género menor, como a menudo se considera por el público.

Definido a sí mismo como un fiel lector de Cervantes “y asíduo del Quijote”, Mendoza apuntó en su discurso durante la ceremonia que presidieron los Reyes en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, Mendoza (Barcelona, 1943) que “Vivimos tiempos confusos e inciertos”, y no en lo que se refiere a la política y a la economía donde siempre son así “porque somos una especia atolondrada y agresiva, y quizá mala”, sino en lo que atañe al cambio radical que afecta al conocimiento de la cultura y a las relaciones humanas, ha señalado.

No obstante, ha considerado que este cambio “no tiene por qué ser nocivo, ni brusco ni traumático”.

Durante su discurso ha ido desgranando, con muchas pinceladas de humor, lo que las sucesivas lecturas del Quijote le han aportado a lo largo de su vida, desde la primera obligada en el colegio, donde “casi” contra su voluntad se “rindió a su encanto”, hasta la última, que emprendió de nuevo de “un tirón” al saberse ganador del premio que hoy ha recibido.
De su primer contacto con Cervantes, en unos años en los que la figura de don Quijote “había sido secuestrada por la retórica oficial para convertirla en el arquetipo de nuestra raza y el adalid de un imperio de fanfarria y cartón piedra”, ha recordado Mendoza, la lectura del Quijote “fue un bálsamo y una revelación”.

Fascinado por el lenguaje cervantino y con vocación temprana de escritor, Mendoza aprendió de Cervantes “que se podía cualquier cosa” y que era posible hacerlo con claridad, sencillez, musicalidad y elegancia.

La segunda ocasión fue de bachiller, cuando era “ignorante, inexperto y pretencioso” y le atraían los héroes trágicos, los que se equivocan: “Y a eso a don Quijote, como a mí, no nos ganaba nadie”. En la siguiente ocasión, ya en la madurez, había publicado algunos libros bien acogidos por la crítica y el público, ha relatado Mendoza, que ha recordado a su editor y amigo Pere Gimferrer, y a la fallecida agente literaria Carmen Balcells, “cuya ausencia empaña la alegría de este acto”.
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