Entrevisto a Iván Repila telefónicamente, lo cual implica que no puedo ver ni las huellas de una resaca, real o literaria, a la que se refiere varias veces, ni tampoco su rictus irónico, o descreído, aunque con contemplar su fotografía ya tengo bastante. Gonzalo Canedo, su editor, ya me había advertido. Iván Repila está rompiendo con la pana. No me lo dijo así (por eso no lo pongo entre comillas, mayormente), pero me lo dijo. Yo sé cuando el amigo Canedo me está diciendo algo. Y lo que me dijo es que Iván lo petaba, o sea, allá donde iba. No debería usar este lenguaje de desguace, algo adolescente, pero es mucho peor el de Beavis y Butthead. Bueno, es mucho peor/mejor lo de Iván Repila. En fin. A lo que iba.
Una comedia canalla es exactamente una comedia canalla. Podría ser un poco, algo, un tanto por ciento: de comedia y de canalla. Pero no. Lo es al cien por cien. En esto es como en las grasas saturadas. A pesar de ser sábado, Iván está listo como un lince, y ya sé que los linces están protegidos, así que Iván está protegido, etcétera. Iván dice unas cosas muy divertidas, entra a saco, no se corta, se ve enseguida que ha gozado de lo lindo escribiendo esta novela, salvo que sea un actor tremendo y adicto al sábado, que ya sería raro. Esta novela con ese lenguaje de cascotes, con esa brutalidad absoluta que es la brutalidad de la realidad, porque la realidad, esto supongo que ya lo sabrán ustedes, es para echarla de comer aparte. Antes dije lo de Beavis y Butthead, no sé, me vino a la cabeza. Pues por ahí va la cosa. También dijo Juristo, el crítico, que es “una novela delirante, un cruce entre Tarantino y novelas gráficas como Sin City”. Lo dijo en ABC. Bonitas palabras. Y es que estas novelas, al final, son un cruce, quiero decir, no aspiran a pedigrí, a la pureza, tan peligrosa como inútil, sino a la mezcla, a la hermosa pero cruda libertad de los perros callejeros.
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