Jueves 25.09.2008
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NO ES CASUALIDAD, naturalmente, que Francisco Narla haya elegido a un piloto de líneas aéreas, Thomas Rye (homenaje tanto a su obra anterior, Los lobos del centeno, como al propio Salinger), como protagonista de Caja negra, su última novela. Siendo piloto él mismo, conoce muy bien los detalles técnicos de la profesión, y esos detalles, que por supuesto aparecen en la obra, otorgan verosimilitud al relato, por lo demás crudo y duro como pocos. Narla se complace en retratarnos la muerte, el asesinato, el horror, sin máscaras, pero manteniendo una buena dosis de suspense y una cierta normalidad en los diálogos. Aquí, consigue mantener con tino, como un buen piloto a los mandos del aparato, dos historias que convergen y que se complementan. Una, la del piloto Rye, asesino globalizado que se sirve de su profesión para matar en diversas ciudades del mundo. Otra, la de Sinesio (nombre que homenajea también a un ilustre de las psicofonías, Sinesio Darneli), que aparece envuelto en las brumas de los misterios celtas, los pozos sagrados y las capillas malditas, temas todos ellos muy caros al autor. Narla, que parece disfrutar con las historias extremas, y con la dificultad de mantener el arriesgado vuelo de sus personajes, llega a buen puerto, no sin antes pasar por múltiples vueltas y revueltas de la trama. El autor insiste en que sólo pretende entretener, pero aquí ofrece, con oficio, una muestra mucho más madura que en su novela anterior de lo que supone combinar las tramas policiacas y el terror en la novela contemporánea. Y es que Francisco Narla, lejos de lo que a veces ocurre con historias de esta naturaleza, es un escritor que domina muy bien los registros del lenguaje. Que escribe muy bien, en una palabra. Admirados confeso de Poe (no es mal modelo, desde luego), Narla se supera en Caja negra y apunta a un escritor de gran clase. El tiempo, creo, nos dará la razón.
