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Raphael: El eterno provocador

Son conciertos de otra época, de otra dimensión, de los que rompen patrones. Raphael siempre a contracorriente. Para él no hay modas

FOTO: Jorge Graña//ADG MEDIA
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FOTO: Jorge Graña//ADG MEDIA

MANUEL GARCÍA SOLANO. A CORUÑA  | 30.04.2017 
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No es extraño, mediado un concierto de Raphael, ver a numerosos espectadores buscando una salida. Sobre todo aquellos que sufren incontinencia urinaria o quienes, incautos ellos, no se han informado sobre la duración de las presentaciones en público del artista jienense y han quedado con alguien para cenar. Allá por el minuto 90, cuando todo está a punto de decidirse en otro tipo de espectáculos masivos, Raphael aún está en la mitad de su show. El que firma, aún recuerda como, en su última concierto en Santiago, un espectador llegó a dejar y recoger unas quince veces su abrigo pensando que aquella que acababa de sonar era la última canción de la noche. Craso error. Con Raphael se sabe cuándo comienza. También cuándo finaliza, Pero no antes de unas tres horas de emoción desbordada.

Son conciertos de otra época, de otra dimensión, de los que rompen patrones. Raphael siempre a contracorriente. Para él no hay modas. Él, siempre él, es quien marca las tendencias en ese universo “raphaeliano” único.

El concierto de A Coruña –igual que el del viernes en Vigo, con llenos en ambas citas-, englobado en su gira “Loco por cantar”, no se salió de ese patrón de larga duración y gravitación en torno a su figura, al margen de que siete músicos muy solventes le respalden sobre el escenario. Tres horas cinceladas con intensidad, con un repertorio de clásicos que mantiene en sus giras, y con la incorporación de parte de las canciones que forman su último disco, “Infinitos bailes” (2016), en el que músicos actuales, admiradores de Raphael, han escrito piezas que se ensamblan a la perfección en su repertorio. Desde el tema que da título al álbum, y con el que dio el pistoletazo de salida a su actuación del sábado, hasta “Aunque a veces duela”, pasando por ese estupendo “Carrusel” que Iván Ferreiro montó para él y con el que Raphael, en la parte central de su espectáculo, traslada a su público por todo el planeta con un interesante recorrido en imágenes.

Si acaso menos locuaz que en citas anteriores con el público gallego, Raphael volvió a ser ese “crooner” de postín, ese bolerista camelador. También el canalla porteño, el angelical ídolo juvenil y el baladista del desamor. Es uno en muchos. Todos en uno. Una figura musical poliédrica capaz de aventurarse en casi todos los estilos y salir bien parado de esas incursiones.

Infatigable y eterno provocador. Con sus gestos, con su expresividad. Con las emociones de sus seguidores, esos a los que traslada sus historias, casi siempre con el amor como telón de fondo, y a los que permite asomarse a esos eternos conflictos de pareja que dan vida a canciones imperecederas como “Provocación”, “Detenedla ya”, “No puedo arrancarte de mi” o “La quiero a morir”, aquel éxito del francés Francis Cabrel mediados los años 70 y que Raphael interpreta en su actual gira.

Sigue siendo ese espíritu eternamente joven en un cuerpo de abuelo que se mueve con soltura incluso en los limbos del rock duro cuando la magistral “Por una tontería” acaba en un apocalipsis atronador junto a su banda o, cuando previamente, un riff de guitarra convierte la recuperada “Vive tu vida” en una canción nueva sobre la que se proyecta un montaje audiovisual que recuperara al Raphael de antaño.

También dio, acompañado por una guitarra acústica, “Gracias a la vida”, la tonada que Violeta Parra lanzó al mundo para que infinidad de cantantes la hicieran suya, antes de transformar el escenario en una suerte de cuadro pampero. También sonó “El gavilán”, como antes el tango “Nostalgias”, en ese acercamiento al cancionero latinoamericano.

Fue la antesala del apoteosis final, ése en el que se encadenan algunos de los temas más esperados, como “Estar enamorado”, “En carne viva”, “Escándalo”, “Qué sabe nadie” o “Como yo te amo”, impresionante epílogo a tres horas que a unos pocos se les hicieron largas y que a la mayoría se le pasaron en un suspiro.