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{periodismo de autor}

Trenes rigurosamente desolados

Por José Miguel Giráldez

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ   | 18.06.2015 
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Paula Kawkins ha entrado en mi vida, y pronto entrará en la tuya, de golpe, sin avisar. Viene del periodismo, como nosotros. Escribió novelas sentimentales, románticas: se lo leí a Juan Gómez Jurado el otro día. Escribió en periódicos ingleses, en medios diversos. Y, de pronto, ahí está. Ahí están esos trenes rigurosamente desolados. Un día conoceré a Paula Hawkins, tal vez venga a hablarnos de su próxima novela, esa en la que narra la vida de unas hermanas cuya relación permanece estropeada desde la infancia. Pero, de momento, me conformo con La chica del tren, que acaba de publicar Planeta. Antes de leerla me aseguraron que se iba a convertir en el thriller del verano: una novela psicológica tan clásica y tan elegantemente escrita que me recordaría de inmediato el sabor oscuro de Patricia Highsmith. No era tan difícil imaginarlo. Y reconozco que sí, que la novela atrapa y destroza el sueño. Y, en cierto modo, los sueños. Paula Hawkins ha acertado con su giro radical, con su viaje al lado oscuro de la mente humana. Desde la más aplastante normalidad. Porque la normalidad, lo cotidiano, lo doméstico, casa mucho mejor con el dolor y hace brillar con enfermiza luz el mal que flota a nuestro lado.

La novela viene precedida de ventas millonarias y de críticas tan elogiosas y unánimes en los principales medios del mundo que imagino la papeleta que le espera a la buena de Hawkins en el futuro más inmediato. Es duro debutar en un género con tanto éxito. Pero qué diablos, todos daríamos algo por estar en su piel. La periodista se consagra con una historia hitchcockiana, en la que lo normal se enreda pavorosamente, en la que la vida se reduce a cascotes, a casualidades indeseables, a fingimientos, a mentiras que debemos creer, al amor hecho añicos en algún lugar del corazón. Porque, es cierto, La chica del tren es una historia sobre la pérdida de la felicidad, sobre la destrucción de la alegría. Sobre la destrucción de uno mismo. Pero también es una maldita historia entretenida, administrada por la autora con pericia, como quien sirve un veneno sin querer matar del todo. Sabe hasta dónde debe llegar. Sabe muy bien lo que debe contar, y cuándo.

Como en Hitchcock, la normalidad es lo que nos inquieta. Lo doméstico, lo esperable, lo cercano. Leo La chica del tren y pienso en aquellos días de julio y agosto, tan calurosos como los días en los que se desarrolla esta novela. Todos hemos reconstruido mil vidas en el vientre metálico del metro. En la gastada normalidad de los dolientes trenes de cercanías. Contemplando rostros, escuchando jirones de frases, enroscadas en el aire denso de los convoyes. Leo a Paula Hawkins y recuerdo esa misma sensación, aquellos veranos londinenses, los vagones orgánicos, transmitiendo su bamboleo metálico a nuestros huesos, los periódicos populares revoloteando en los andenes como palomas heridas de muerte. Recuerdo tantos rostros sin nombre. Pensaba en las historias que anidaban allí, en las frustraciones, en las derrotas cotidianas. Rachel cuenta en primera persona su dolor, se atiborra de gin-tonic en lata. Bebe, es alcoholica. Pierde el control. Va a precipitar la tragedia. Lo sabemos. Se ve venir. Del gin-tonic dice que ha de tomarse con tónica Schweppes de botella, nunca de plástico. Coincido en ello, aunque el mercado de la tónica, definitivamente, se ha disparado. El amargor de la quinina trepa por nuestra espalda: reconforta. Y el amargor del desamor, mata. Tom, el amor de Tom. Mil llamadas a deshora a su nueva casa: la destrucción y el amor.

Veo pasar los trenes, rigurosamente desolados. Y Rachel ve las casas desde los trenes. Ve los papeles pintados, las moquetas, la gente. Esa felicidad de Jess, de Jason. Esa mirada indiscreta. Esa ventana indiscreta. Extraños vistos desde un tren. Extraños que pasan a ser parte de una vida ajena. Gente que recibe su dosis de culpabilidad, inoculada culpabilidad. En Londres, lo recuerdo bien, la vida de la gente se transmitía a través de los grandes ventanales de Bayswater: con tan solo cortinas, en lugar de persianas, los ingleses transparentan lo cotidiano. Por mucho que aniden secretos familiares, como en cualquier parte, puedo verlos ahí, con los pies invariablemente descalzos sobre el suelo invariablemente enmoquetado. Es el escenario perfecto para la novela negra, y Hawkins ha sabido verlo. Luego, el tren siempre guarda el enigma del anonimato y quizás el estigma del asesinato. ¿Quién nos mira desde el asiento de enfrente? ¿Quién huye de nuestra mirada? ¿Que sabemos de la mujer derrotada que vuelve a casa después de recorrer los círculos del gran infierno?

Y entonces, desaparece Megan. Todo esto lo sabemos perdidos en la niebla, la niebla de la mente de Rachel que, envuelta en vapores etílicos, no logra desmontar adecuadamente el mecano de la realidad. Megan es otra mujer fundamental en la historia, junto con Anne. Ellas y Rachel componen las tres líneas narrativas de La chica del tren, con idas y venidas y esa apariencia de diario, o de cuaderno de notas, en el que las fechas son relevantes. Paula Hawkins no ofrece información extraordinaria, parte de ella es absolutamente convencional. Pero ahí reside su grandeza. La mirada dentro de las vidas y los amores difíciles nos devuelve un laberinto cercano, insignificante para el mundo, pero decisivo para las vidas de unos cuantos seres humanos. Los cascotes, los materiales de derribo de la presuntas infidelidades, el lado agrio de las mentiras, la persecución de eso que Anna llama "mi burbuja de felicidad". Seres zarandeados por la desolación cotidiana. Casas convertidas en basureros. Gin-tónic prefabricado, en lata. El amarcor/amargor de la quinina recorriendo la llanura de la espalda como una araña metálica. La sangre en el dedo, el olor profundo de la sangre. La sensación de que algo va mal. De que algo va a terminar mal.

Paula Hawkins ha logrado en La chica del tren una novela negra de gran calibre, en el que lo importante está rigurosamente por al autora, poseedora de una indiscutible astucia narrativa. Alguien dice una frase que hiere en la última revuelta de la novela: "he conseguido tener una buena vida a pesar de ti. A pesar de todo". Al final, este es un paisaje de vidas gastadas, en las que de pronto, una mañana, se precipitan los acontecimientos y se desatan los perros del terror. Resulta difícil dejar de leer un libro como este, que se alimenta de esos rostros anónimos que cada mañana contemplamos frente a nosotros en los trenes de cercanías, siempre tan rigurosamente desolados.

Grial analiza a relación entre

Albert Camus e Galicia

EL LIBRO DE LA SEMANA

A preocupación que a revista Grial tivo sempre pola análise dos grandes temas da cultura galega afonda nesta ocasión na figura do escritor e Premio Nobel de literatura Albert Camus, fundamentalmente pola súa relación con Galicia. O presente número de Grial recolle excelentes traballos de María Lopo, Manuel Forcadela, Andres Torres Queiruga, Damián Villalaín e Carlos Fernández ao redor dos moitos aspectos da vida e da obra de Camus nos que pode atoparse unha forte relación con Galicia. Neles, naturalmente, o seu encontro coa actriz María Casares, que, como sinala María Lopo, doutora en literatura francesa pola universidade de Rennes 2, foi unha relación de quince anos que cambiou non só as vidas privadas, senón os universos creativos de dúas das personalidades culturais máis brillantes da Francia do século XX. Neste tema central da presente entrega da revista, debúllanse, como estamos a sinalar, varios aspectos de Camus que teñen relación profunda co noso país. Así, Forcadela propón 'De Camus a Camilo Gonsar', Torres Queiruga, 'O problema do mal en Camus, Cabe pensar un Sisifo feliz?', e, finalmente, Villalaín e Carlos Fernández ofrecen unha inquisitiva mirada sobre os temas 'camusianos' en Carlos Casares. Xunto a este tema central, Grial ofrece, ademais das súas seccións habituais, unha aproximación aos estudos de lingua e literatura galega de Filgueira Valverde, asinada por Camiño Noia, tema que tamén ocupa ao editor Víctor F. Freixanes, na súa habitual carta de presentación, esta vez baixo o título de 'O vello profesor'. Importante, sen dúbida, resulta a achega de Henrique Monteaguado ao redor das cartas de Castelao a Otero Pedrayo, a de Ramón Villares sobre Joan Fuster e Ramón Piñeiro, ou os estudos, máis en clave histórica, de Carlos Bernárdez, que analiza a arte nos campos de internamento franceses. A achega de Thomas S. Harrington, profesor do Trinity College de Hartford (USA), sobre os sistemas periféricos e o futuro do galego completa un excelente número de Grial, algo que por fortuna adoita ocorrer sistemáticamente cunha das nosas publicacións históricas, sen dúbida unha das máis atractivas do panorama cultural de hoxe.