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Las asignaturas pendientes

BEGOÑA PEÑAMARÍA  | 14.05.2017 
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Hace pocos días mantuve una entrevista con el tutor de mi hija mayor, para conocer sus impresiones sobre su evolución –que de unos años a esta parte es impecable, pero que no siempre fue así–. Fue un rato interesante en el que disfruté sobremanera de los elogios con los que el profesor agasajó a mi hija y que me hizo abandonar el recinto escolar invadida por una hermosa satisfacción.
Como me suele ocurrir cuando converso con alguien a quien considero que su experiencia en un campo específico, supera la mía con creces; abro mí razonamiento y mi espíritu. El primero para intentar ampliar mi esfera de conocimiento aprendiendo cosas nuevas y el segundo para tratar de crecer como persona.
En un momento dado de la anteriormente citada entrevista, el profesor de mi hija mencionó que lo realmente importante de la educación impartida en un colegio, era lograr que los niños aprendieran a ser felices consigo mismo y con sus circunstancias… Y que más allá de lograr un estudiante brillante, era necesario ayudar a “fabricar” una buena y feliz persona… Porque ahí radicaba el secreto del éxito… Y no únicamente en tener un expediente superior a la media.
Una de las reflexiones vertidas por él y que más hondo me llegaron, fue cuando nos dijo a mí y a la niña –también presente en la reunión–, que el mundo sería muy diferente si en el sistema educativo se introdujesen asignaturas como la empatía y la educación emocional… Y lo cierto es que no puedo estar más de acuerdo con este razonamiento.
Estudiantes muy brillantes o al menos “políticamente correctos”, llegan a la universidad guiados únicamente por el rumbo de los acontecimientos y, muchas veces, sin vocación alguna y con serias dudas acerca de qué camino escoger… No se dan cuenta, o quizás prefieren no pensarlo, que una buena parte de su felicidad radicará en elegir con acierto la actividad a la que destinarán los cuarenta años laborales que les aguardan por delante... Y esta elección será a largo plazo acertada o desacertada, satisfactoria o insatisfactoria; pero si gracias a su empatía y formación emocional, nuestros jóvenes llegan a ser capaces de ponerse en la piel de sus vecinos y de sentirse a gusto en la suya propia; estaremos en vías de construir un mundo mejor.
A lo largo de sus existencias de adultos –como nos sucede a nosotros diariamente–, tendrán que lidiar con tres tipos de personas: los que les ayudarán en momentos difíciles, los que los ignorarán en los momentos complicados y los que los pondrán en ellos... Algo sabido por todos, pero imposible de prever en qué momento sucederán estas dificultades y, mucho menos, quién será quién cuando llegue la hora de la verdad.
Por medio de la empatía, los pequeños aprenderán algo tan fácil y difícil al tiempo, como es ser buenas personas. Sabrán ponerse en la piel de su vecino, lograrán ser conscientes de que absolutamente todo lo difícil que les sucede a estos, les puede suceder a ellos algún día, y aprenderán a respetar y a ayudar.
Por medio de la educación emocional, conocerán los límites aceptables y sabrán encontrar en sí mismos el mayor de los refugios. El lugar en el que morir y reinventarse siempre que sea preciso…, porque se habrán formado como seres humanos que se conocen, aceptan, respetan y quieren a sí mismos como también conocerán, aceptarán, respetarán y querrán a sus vecinos…
Y esto no se lo dará a ningún joven un título –que, por supuesto, considero preciso tener sea este de la índole que sea–; sino una adecuada formación personal en la que, bajo mi punto de vista, radica el éxito del individuo… Salga el sol por Antequera o por Murcia…, porque tenemos que vivir para siempre con nosotros y en nosotros…
Así que, desde aquí, les invito a que reflexionen sobre si es más importante tener alguna asignatura “pendiente” o que siga estando pendiente en el sistema educativo actual el introducir las dos grandes asignaturas que propongo y con las que, sin duda, lograríamos un mundo mejor: la empatía y la educación emocional.
(*) La autora es diseñadora