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Las cantigas: su persistencia aurática

ÁNGEL NÚÑEZ SOBRINO  | 03.12.2017 
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El ábside de la iglesia de Santiago de Tabeirós condensa elementos del legado de la Edad Media llegados a nosotros. En un canecillo vemos a un juglar tocando una vihuela; en otro canecillo un saltimbanqui realizando una proeza gimnástica. De una parte atisbamos el lirismo, la sensibilidad, la delicadeza, la inspiración; de la otra la sensualidad, la provocación, la transgresión, el valor del cuerpo. Dentro del ábside existe un capitel con un caballero sonando el cuerno y, según la interpretación de F. Bouza-Brey (1965), es la representación de Roldán tocando el olifante.

Aunque también pudiera tratarse, y sin contradecir al gran investigador, de una escena de caza. Ello nos conecta, en lo que fuese, con el complejo mundo medieval. La épica trae la leyenda ante lo mítico y fabuloso; y la caza trae una extendida costumbre social, en un acertado realismo de lo cotidiano. Este emerger gráfico en piedra labrada nos traslada también al pergamino de las Cantigas. Nos abre a estudios y publicaciones sobre las cantigas galaico-portuguesas: las de amor, las de amigo y las de escarnio e mal dizer.

Más que amplias variedades líricas, interesa señalar las repeticiones con variaciones líricas, reunidas en abundancia: pocos temas pero poliédricamente desarrollados, con ricas aportaciones de cada autor, en añadidos que enriquecen y provocan interés en el lector y, en la época, desde los espectadores, que participaban en el espectáculo.

En la triple clasificación de las cantigas los temas son enfocados por manos artísticas: sutilezas, matices, aterciopelamientos, osadías creativas en los versos, la contestación al otro, el asomo al atrevimiento, la delicia compositiva, etc. Todos ellos nos trasladan a un estado de realidad donde se da el deleite escénico, la interrupción de la vida cotidiana en los burgos, el entretenimiento que deshinflaría del duro trabajo, la risa como manera óptima de afirmación de la vida; y una mezcla , pero también separación, entre lo sagrado y lo profano: las llamadas poesías de santuario y romería (Filgueira Valverde), y las poesías de celebración báquica donde el vino y los banquetes serían el centro.

Ello explica la atmósfera y el éxito que tuvieron y siguen teniendo las cantigas medievales en la actualidad, y las grabaciones periódicas. Juglares y trovadores representan la jubilosa entrega a la composición. Lo tópico que se repite es que los juglares  eran rechazados por la sociedad de su época.

Yo afirmo contundente que no: ellos se salían de la sociedad al ser por naturaleza artistas, y por ello los convencionalismos, las rigideces morales (y con frecuencia hipócritas), y la incoherente censura eclasiástica no iban con la compleja labor de creatividad que tenían como empeño y logro.

Además, al descubrir a otros como ellos se unían en sociedad pequeña ambulante, con aventuras y vivencias seguro que interesantísimas. No hay que descartar su destreza en tocar un instrumento musical: compañero tanto de sus día como de su noches.

Lo mismo en el trovador, que además será el autor de lo que toca y canta; sólo que al ser de proveniencia social más elevada, eran con frecuencia nobles, actuarían en un salón amplio de un castillo con motivo de una celebración. El suyo sería un ambiente más concreto y previsto, más sólido y elegante. La trascendencia de la actuación de los juglares sería que deleitaba el ánimo de las gentes que los escuchaban en conmoción y enseñanzas. Sus herederos son los cantantes actuales de nombre y discos, las Facultades de Bellas Artes, y las Academias de Arte Dramático, los Conservatorios de música, y las escuelas de Artes y Oficios... donde se construyen gaitas.

Considérese entonces la importancia y la aportación de juglares y trovadores en la cultura y la creatividad medieval. Examiné la edición facsímil del Cancioneiro de Ajuda folio a folio y, aparte de estar estar a menudo iluminada por personajes tañendo un instrumento, aparece al final un folio ocupado por dibujos de lo que parecen ser trovadores o pajes: sin duda la necesidad de figuración concreta vino después de la lectura de las maravillosas Cantigas: sus propios intérpretes.

El legado de la Edad Media llega a nosotros desde la piedra labrada y la página impresa (la trajo el pergamino). Son relativamente pocos los temas que se desarrollan en el arte románico y gótico, y sus resultados asombran siglos después. Así, el Juicio Final, los capiteles zoomórficos, los seres grotescos, la decoración vegetal, los apóstoles, los profetas, otros seres bíblicos, escenas bíblicas.

En la Filosofía la controversia sobre los universales, la razón, la fe, el voluntarismo, la dialéctica y la teología, las escuelas, el nominalismo. Variaciones innumerables componen controversias, argumentos, summas, refutaciones, conclusiones que son un lujo del intelecto humano. Igualmente las ediciones divulgativas y las ediciones críticas, o al menos anotadas de las cantigas medievales nos allegan a aspectos del corazón, de los afectos, de la sexualidad, del deseo, de la soledad, de la incertidumbre,y seguro con la lección o conclusión de que es normal que estas cosas nos ocurran aunque puedan afectarnos desde el sufrimiento, la desolación o la alegría. Constituyen ellas mismas un grado válido del vivir. Son la referencia de que vamos bien o vamos mal, o equivocados, pero por lo menos vibramos.

Antropológicamente, valoramos en las cantigas de amor la protección; en las cantigas de amigo la expectación originada, y en las de escarnio el reflejo deformador, y lo grotesco, de conductas públicas reprobadas. Pero sobre todo lo que cada cual va descubriendo en la lectura: pequeños sucesos interiores (y exteriores) donde el anhelo y el deseo, así como la nostalgia y la esperanza, conducen el lirismo del poeta, como Pay Soarez de Taveirós en la rigurosa edición de Gema Vallín.

(*) El autor es escritor