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Cosimo III de' Medici, un peregrino muy exigente

Desde la Edad Media parte del pueblo cristiano occidental ha venido a Compostela para visitar el sepulcro del Apóstol Santiago. Personas de muy distinta sensibilidad, además de visitarla, quisieron dejar sus impresiones por escrito

ISABEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ   | 10.06.2018 
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Uno de los personajes más ilustres que visitó Compostela fue el príncipe Cosimo III de' Medici, hijo y heredero del gran Duque Toscano Ferdinando II (1610-1670), que estuvo en la ciudad del Apóstol los días 3-6 de marzo de 1669.

El viaje de Cosimo lo registraron las crónicas de tres personajes de su comitiva: el conde Lorenzo Magalotti, su cronista oficial, el marqués Filippo Corsini, al que llamaremos cronista "oficioso" y Giovanni Battista Gornia, el médico personal del príncipe, que en su cuaderno de viaje también relata la casi peregrinación del magnate.

El heredero del Gran Ducado, a pesar de sus viajes por Europa, añoraba continuamente el esplendor de Florencia y nada de nuestra ciudad le parecía comparable. La arquitectura de la catedral, esencialmente románica, sin los elementos barrocos del s. XVIII, no le entusiasmaba, el tesoro le pareció más bien pobre; la tumba del Apóstol, poco importante y, en general, nada de Compostela le parecía digno de compararse con su riquísima ciudad natal. El príncipe era feliz únicamente rodeado de religiosos; pasaba el día en asistir a varias misas y si el tiempo lo permitía, solía desplazarse para asistir a sermones y procesiones. A menudo pasaba noches en vela, hablando con miembros de distintas congregaciones religiosas, y eso hizo también en Santiago. Ya el Santiago Matamoros debió de disgustarle; en sus tierras procuró que las iglesias no lucieran motivos guerreros.

 


Pero ¿cuál es la opinión detallada de Cosimo III de' Medici sobre nuestra ciudad? Nada buena en ninguno de sus aspectos. Lo normal es que los peregrinos, aún hoy en día, después de un largo y dificultoso viaje, al llegar al lugar desde donde se puede contemplar la ciudad, aunque sea desde lejos, y ver que la meta próxima se acerca, experimenten un gozo enorme, sientan una profunda emoción, se arrodillen, besen la tierra y recen. Nuestro ilustre visitante no experimentó ninguna emoción especial y casi pasó de largo; de ello dejan constancia los tres cronistas arriba mencionados. Magalotti dice que Compostela es una ciudad pequeña, fea y en estado ruinoso. Corsini, coincide con Magalotti.

La llegada a la ciudad santa estaba razonablemente planificada; era preceptivo dirigirse a la catedral, visitar el sepulcro del santo y, en el caso de Compostela, dar el abrazo al Apóstol. Ver el célebre botafumeiro podía considerarse, con la vieira, el certificado de peregrinación.

El sepulcro del Apóstol, lógicamente, es la meta ideal y culminante de los peregrinos que viajan a Compostela. También aquí la descripción de los cronistas es solo eso, un mero relato sin emoción.

En el s. XVII la coronatio fue sustituida por el abrazo, que todavía hoy se sigue practicando. Si la opinión de Cosimo no era muy buena, si no le concedió demasiada importancia ni a la catedral ni al sepulcro ¿qué opinaba sobre la ceremonia del abrazo al apóstol? Todavía peor.

Según nos narran las crónicas, particularmente la crónica de Magalotti, el príncipe se escandalizó de esta costumbre que consideraba ridícula: "per di dietro con le scalette per le quali salgono i pellegrini e chiunque vuole ad abbracciarlo con ridicola e superstiziosa pietà". Y más extravagante le parecía el hecho de que para tener las manos libres, los peregrinos pusieran su sombrero encima de la cabeza del santo, de tal modo que desde la nave central parecía que el Apóstol cambiaba continuamente de tocado: "per son sapere che farsi del cappello per levarsi quell' impaccio di mano lo posano per di dietro su la testa del santo, il quale veduto di Chiesa, muta ogni momento fogge di cappello", y más estrafalario todavía le parecía que algunos peregrinos, no contentos ni con uno, ni con dos, ni con tres, repitieran diez y quince veces el abrazo en distintas partes del cuerpo, en el cuello, en los hombros, en la cintura... A Cosimo le causaba indignación esta práctica, añadiendo, incluso, que en el caso de las mujeres esta tradición es más superstición que devoción.

Tampoco el botafumeiro suscitó en él una particular admiración, únicamente algo de curiosidad, nacida de su inclinación por las ciencias que su padre logró transmitir, en parte.

 


En definitiva, Cosimo III de' Medici no disfrutó en absoluto de la ciudad de Santiago, que poco o nada le satisfizo y continuamente manifestaba su deseo de irse mucho antes de lo previsto, como en efecto, ocurrió; sí en cambio, le causaron buena impresión las obras públicas realizadas en el puerto de A Coruña dotado, según relatan los cronistas, de un sistema de defensa muy parecido al que años después se aplicó en Liorna. Un estado general de inquietud, que acentúan las abundantes y constantes lluvias primaverales de aquellos días, provoca en el ánimo de los italianos un considerable enfado, vecino a la ira. Este continuo mal tiempo, que puede estorbar o impedir su embarque en A Coruña camino de Irlanda contribuye considerablemente a la minusvaloración de Compostela. El príncipe solo aprecia lo que para él son rutinas, sus misas y rezos.

Sea como fuere, es necesario leer las crónicas y diarios para conocer más detalladamente el viaje y la estancia en nuestra ciudad del príncipe que, como hemos subrayado, seguramente no contribuiría a un aumento en el número de peregrinos a nuestro santuario. Menos mal, que otros italianos no participaron de sus manías y opiniones.

eL PERFIL

Isabel González, Catedrática de Filoloxía Italiana en la USC, autora de varios artículos sobre la estancia de Cosimo III de' Medici en Compostela y de una edición del viaje de N. Albani desde Nápoles a Santiago, impartirá una conferencia el día 14 sobre el tema "Peregrinando a Compostela: Cosimo III de' Medici y N. Albani (distintas sensibilidades)", dentro del Ciclo de Conferencias 2018 ¿A dónde vas peregrino?