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tolo por ti

Dicen que soy un hombre deshabitado

Por José María Máiz Togores

06.11.2016 
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Dicen que soy un hombre deshabitado porque vivo carente de alegrías y solo motivado por las experiencias lóbregas.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque, como las plantas de aquel jardín que tantas veces recorrí en mi juventud, en los desmayados atardeceres de otoño, vivo a expensas de una mano pródiga.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque una noche cerrada, oscura y crónica preside mi vida, y que un astro sombrío, casi montaraz, acecha la desnudez de mi despertar.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque en un sobre lacrado escondo mi sonrisa desde tiempos inmemoriales, y que un guardián receloso vigila las cenizas que de ella aún guardo en mi otrora fértil recuerdo.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque un río turbio y neblinoso crece, según avanza el día, por mis entrañas ahogando en un mar de estancadas partituras la poca alegría que habita en mí.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque todo mi ser, sin apenas resistencia, desemboca en una noche de miserias humanas.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque todavía persigo, torpe y desaliñado, el errante esqueleto de aquel idealizado amor que me cegó en plena juventud.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque de joven debí beber un brebaje, y que como Tristán e Isolda, mi voluntad permanece encadenada a una pasión ilógica, impetuosa y destructora.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque la alegría dura en mí menos que la flor de un almendro en primavera, y que todo en mí es un florilegio de fuegos fatuos con los que quemar frívolamente mi buena estrella.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque me recreo en la quemazón que conlleva el gélido aleteo de los embozos solitarios.

 


Dicen que soy un hombre deshabitado porque mis ojos nublan con desmesura el perfil que ante mi silente espejo intento reconstruir cada noche.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque llevo años tras una pausa de sosiego, tras un tobogán que me lleve a un aposento de calma y no a un camino de indescifrables destinos.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque algunos proclaman que no quiero encontrar el sereno instinto que destruya toda esta amalgama de negras sombras y escondidos tormentos que me enredan y hacen que crezca en mí la impudicia.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque no soy capaz de desterrar de mi arrogante penar la vetusta efigie y la máscara enlutada que una mano faraónica modeló a mi imagen y semejanza.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque, desde mi tumba gloriosamente humana, cerceno el temple de los que me invitan a combatir a diario por el bálsamo de la huella firme.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque, lleno de cicatrices, solo merodeo por las fuentes máximas de los derrotados, las fuentes del humo, la sangre y el silencio.

Dicen que soy un hombre deshabitado porque únicamente confío en la mano depredadora que me señala una vez más el solitario sendero de los mil y un epitafios.

Dicen que soy un deshabitado porque de mí han huido el solfeo emocional, el boato de una alegría pomposa y el consistente cuajo de la causa común del amor.

Insisto, dicen que soy un hombre deshabitado.

 

(*) El autor es profesor