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Tolo por ti

El escenario

JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES (*)   | 09.10.2016 
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Otra vez en este lugar, me soltaste nada más verme. No me dijiste ni buenas noches. Tu rostro angelical parecía el hiriente espectro de una iracunda endemoniada. Sólo te falta soltar espuma por la comisura de los labios. Beso gélido, premonición de una noche movidita. Ya me contarás. Madrid es inmenso y vas a elegir uno de los sitios que más aborrezco. Me gusta. Te gusta. Y lo dices así, como un niñato mimado, como un adolescente sabedor de un atractivo virgen aún. Pues tú ya no lo eres, que lo sepas. Me crispa tu silencio, me crispa tu indolencia y me crispa esa mirada perdida que proyectas cuando te atravieso con mis intrincadas preguntas, según tú. Pongo la mano en su brazo derecho con el afán de apaciguar su enojo. En otras ocasiones ha surtido efecto. En esta ocasión, no. Suéltame. Eso es lo que te gustaría a ti, sentarte ahí, en el escenario, y focalizar un sinfín de miradas. Todas ellas, dadivosas y limosneras. Pues no, que todo el mundo sepa que eres un sinsorga, un tío abúlico, impasible y turgente por el desánimo. Baja la voz, por favor. Esa chica está escuchando todo. Pues que lo escuche, que te conozca. Ya me conoce y está poniendo unos ojos de sorpresa que no te puedes imaginar. ¿Y sabe ella que no me concedes ni un segundo de tu futuro? ¿Y sabe ella que me ocultas las salidas nocturnas con tus amigotes cuando te empeñas en dejarme pronto en casa? ¿Y sabe ella que eres un ególatra que solo vela por sus intereses? Entonces... ¿por qué estás con él?, dirá ella. Eso me pregunto yo. Me lo llevo preguntando una infinidad de veces. Hasta eres el tema de conversación de las comidas de los domingos en casa de mis padres. ¿Te diviertes con él? No. ¿Deseas que llegue el día en el que lo vas a ver? No. ¿Deseas su presencia física? Silencio. Eso no puede ser, mujer. No puede ser. Y me cae una reprimenda de órdago. Yo, a mis años, que manejo presupuestos casi fantasmagóricos con una destreza total, me amilano cuando me preguntan si te deseo. ¿Y me deseas? Pues no lo sé. Me acerco y le beso los labios. Casi me muerde porque no deja de hablar mientras yo me empeño en que se calle. Confluyen nuestros ojos. Se borra el presente y nace un nuevo espacio. Me coge por los hombros, me fuerza un giro que casi me lleva al suelo. Yo me dejo hacer. La postura es de lo más cómica, si no fuera porque ella no está en absoluto bromeando. Yo, sentado en una pequeña butaca que ahí en un lateral de la barra. Ella, de pie, delante de mí, con sus manos, nerviosas como una vena dilatada, sosteniendo mi rostro, incandescente por lo inesperado de la situación. Siento, por la proximidad, los latidos de su pecho. Me mira con ojos satisfechos. Le halaga nuestra disposición. Hace que me levante, me coge de la mano, suelta con la otra unos billetes en la barra y de un pequeño tirón me sitúa frente a ella con una distancia milimétrica entre ambos. Me muerde el labio superior, acerca su boca a mi oído izquierdo y me susurra llena de ardiente vehemencia:

¡Esta noche te bajo del escenario como me llamo Nuria!

 

(*) El autor es profesor