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La huida hacia dentro

El mal en estado puro existe. Y habita entre nosotros. Casi siempre, cohabita con el bien. Es decir: que, en contra de todo pronóstico, es capaz de aparecer en medio de la más prudente beatitud. Hoy comentamos la desaparición de un ser satánico. Charles Manson. Un viejo colega, escritor de prestigio, el viejo Lewis Cartridge, colega de Brian Wilson y de Jimi Hendrix, nos cuenta un encuentro con él.

LEWIS CARTRIDGE / L. FERNÁNEZ  | 27.11.2017 
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Este muchacho es inquieto. Habla conmigo mientras nos hacemos un joint de maría. Conforme le va dando caladas, se hace más y más hablador. Acaba de salir de una temporada a la sombra. Se le ocurrió meterle una patada en los huevos a un pasma. Hay que ser idiota. Haz lo que te venga en gana, pro si agredes a un pasma, la tienes clara. Era irlandés, para colmo. Después de mazarlo a hostias, lo mandó a vivir un tiempo a cuenta del estado de California. Pues sí. Muy inquieto. Hace muchos años que tiene infinidad de problemas. Con los demás y consigo mismo. Ha llegado a la conclusión, pensándolo mucho, de que tiene una absoluta falta de empatía con los demás. Un incomprendido, vamos. Eso es. Un verdadero incomprendido, dice. Mejor.

Un maldito. Piensa mucho en los viejos poetas, en los grandes narradores. Le va el rollo de Lovecraft y así. En los grandes músicos. Se siente poeta. Él sabe que tiene mucho que decir, pero aún no ha resuelto la cuestión de a través de qué medio tiene que expresarlo. Quizás cantautor, como Woody Guthrie. O como Dylan, pero sin tanto mariconeo. Tanto amor y tanta polla. A él le gustaría cantar como si fuera de los Panteras Negras. Violencia guapa. Caña durísima. Que no se hagan prisioneros.

La guerra final blanco/negro. Que esa sea la Tercera Guerra Mundial. Y luego, el cabronazo, dice que, una vez que se aniquilen entre todo diós, mandar él sobre lo que quede. Y se escojona de risa, a la vez que le da por toser hasta que casi echa los hígados. Y sigue riendo, hasta que llama la atención de unas viejas que pasan. ¡Qué tipo…! Sabe, también, y con toda seguridad, que es todo un personaje. Que será recordado por todos como un gigante. Que sus palabras, sus obras, sean las que sean, serán recordadas el día de mañana por todo el Género Humano. Eso sí. No se ha atenido jamás a las normas. Ni falta que le hace, joder. Las normas son para los perdedores. Para los pacientes. Para los conformistas. Y él no lo es. No señor, no lo es ni lo será jamás. Por eso ha tenido tantos roces con la Ley. ¿Quién se ha atrevido a ponerle la mano encima? Tienen que llevar pistola, los muy hijos de la gran puta, para conseguir que pare. En resumidas cuentas, tampoco ha sido tan grave la cosa. ¿Por robar para comer? Hay que ser jilipollas. ¿No entienden que no tiene trabajo? Ni ganas de buscarlo, por supuesto. Él no es de normas. Él es un genio, hostia. Un verdadero genio. Los genios no trabajan. No, al menos, como la gente corriente. Habrase visto, coño… Y, bueno, ha tenido que pasar alguna que otra temporada en la trena.

Aunque lo bueno de todo eso es que allí, precisamente allí, ha conocido a gente de puta madre. Verdaderos iluminados. Incluso a un verdadero exorcista al que se le había ido la mano con una putilla de la que decía su madre que estaba endemoniada. Y, como contaba él, lo que estaba era mal follada… Lo que me tengo reído con el pavo en cuestión. Como una puta cabra, estaba… Y, bueno, los viejos atracadores, los asaltantes de bancos, que eran de hierro, los tíos. Habían llegado a aguantar lo que no está escrito. Pero no. No eran soplones. Alguno había habido, allí, en el cagarrón. Hubo un par de ellos, pero duraron poco. Un tropezón en las duchas, y… ¡uy!, que pena, se partían la crisma, joder, qué risa, y echaban toda la puta sangre por la brecha y por la boca… Buena gente, los atracadores. Son como los bandoleros del Oeste. Aquellos sí que tenían cojones. Aunque se los machacaran tanto en las putas monturas… Pero vaya si tenían huevos… Y estaban los timadores. Qué arte, para todo. Pero los acababan cogiendo. O eras muy bueno, o no te libraba ni Dios. Si eras bueno, sí, claro. Pero si te pillaban en un renuncio, te daban una caña tremenda. Pero qué artistas eran. Y estaban los violadores. Joder, tampoco era para tanto. ¿Para qué están las tías, si no…? ¿Y los asesinos? Pues, hombre. La verdad es que lo que me contaron no era para tanta condena ni tanta hostia… Un recalentón, en un momento determinado y… Porque, a ver, quien tiene genio, tiene genio… El muchacho se queda pensando, mirando al frente con los ojos, esos ojos que tiene, inmensos, muy despiertos, que se nota que debe de ser un genio como él dice; y entonces abre la boca: que él todavía no lo ha hecho, pero que, a ver, joder, a él la sangre no le asusta. Y hay cosas justificables.

Lo de muchos, de esnafrar a uno porque le quiso meter mano a la novia. Pues qué menos que abrirlo en canal, ¿no? O que le falten al respeto a uno. O, ya puestos, que una noche ibas de caballo hasta el culo, y, pues, que qué cojones quería la gente que hiciera… Si es que la cosa es una mierda. Aquí, es que caen años por todo, por cualquier cosa, joder… Y sigue fumando. Ya vamos por el tercer megacanuto, y sigue con sus paranoias. Se va, dice, al Valle de la Muerte. Le digo que allí no será capaz de sobrevivir. ¡Qué cojones!, me dice. Mira –y se saca la polla– mira qué hermosura… ¿Crees que va a haber alguna tía que no me siga si me monto una secta, o lo que cojones sea…? Ya verás, ya. A mí las tías me siguen. Algún día seré el emperador de los folladores, ya verás… A mí las zorras me van a hacer su Dios…

Han pasado los años. Nunca más volví a recordar a aquél pirado. Ni siquiera recordaba su nombre. Sólo que se llamaba casi como uno de los geógrafos que delimitaron el primitivo territorio de Estados Unidos. Pero no identificaba el nombre. No sabía si era Mason o Dixon. O algo así. Un día me pareció verlo en un sitio insospechado. Aunque se había dejado unas greñas de la hostia, en vez de los cortes al cero que tenía entonces, cuando coincidimos aquél día. Era en una fiesta que daban los hermanos Wilson, y me pareció verlo. No me sorprendió que tuviera tratos con Brian. Digo esto porque estoy metido en la producción discográfica, y de vez en cuanto, a Brian le da por meterse a intentar descubrir a genios… Sin acertar casi nunca, dicho sea de paso. Con lo de su grupo ya tiene bastante, creo yo.

Fue luego. Lo leí en el New York Times. El cabrón había cumplido su promesa. Se había marchado al Valle de la Muerte. Vivía en una casa en ruinas, y, al parecer, allí se había montado, con dos o tres más, algo semejante, en efecto, a una secta. Sólo que se le había ido la olla por completo. Le daban a todo, y no sólo a la maría. Había un harén de tipas que suspiraban, como él me había anunciado, por su polla… y por el ácido, no te lo pierdas.

Pero si lo que quería era haber pontificado con su mensaje, la había cagado. Brian me contaría después que era malo de cojones. Que sí, que le había hecho unas tomas en el estudio de la playa, y que aquello era para mearse de risa… Pues nada. Que había mesianizado a las zorras aquellas, y que, después de oír miles de veces el peor disco de los Beatles mientras follaban, que había convencido a las tías para que se cargaran a un productor que lo había rechazado. ¡¡¡Y lo habían hecho…!!! Menudo pringao. Las muy putas se habían equivocado y se habían cargado a la novia de Polanski, ese de La semilla del diablo… Hay que estar majara… ¡Ah! En efecto. Se llamaba casi como yo recordaba. No era Mason, como el geógrafo. Era Manson. Sí. Charles Manson…

Lewis Cartridge. Autor de The stone and the philosopher