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El ilanto de las cigarras

GABRIEL MULEIRO OLIVOS   | 29.04.2018 
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I. Esa mañana la primera orden del general fue que reuniesen a todos sus soldados. Tiempo después sus hombres se encontraban agrupados cerca de algunos árboles. Impacientes esperaban órdenes. El general se acercó ataviado con su sombrero de charro, pantalones negros ajustados y su infaltable pistola -algunos rumores decían que pernoctaba junto a ella-. De inmediato sus huestes conformadas por indígenas y campesinos lo rodearon para escuchar su mensaje, parecían égidas protegiendo la última y mejor siembra de esas llanuras.

Hoy es un día importante, nos reuniremos con los federales y por fin haremos un pacto, necesito que todos estén listos con las armas cargadas. -Mientras hablaba, el sonido de las balas lacerando los cuerpos de los soldados que con su sangre habían firmado el pacto, aún retumbaban dentro de su cabeza.

El discurso fue breve y contundente, al terminar ordenó que su élite de huestes lo escoltara hasta la entrada de la hacienda. En ese momento una decena de varones se dirigió hacia sus caballos. Cuando el general estuvo frente a su corcel le pasó sus palmas sobre la crin; la bestia relinchó con tanto vigor que el eco se extendió más allá de las montañas; parecía que por la sangre del equino corría la del mismísimo Bucéfalo. Puso el pie en el estribo, con sus manos tomó el pomo y se impulsó. Al montar sobre el caballo tomó las riendas y antes de azuzar a la bestia, un fragor lo hizo voltear, sorprendido descubrió un río donde el agua se arremolinaba. Dubitativo agitó la cabeza, estaba seguro que ese regato sólo era una ilusión, después de parpadear lo único que descubrió fue a sus huestes a la distancia con las carabinas cargadas y sombreándose debajo de los árboles. Sin perder más tiempo espoleó al animal y se dirigió hacia el encuentro con los federales. El general montado en su corcel era imponente como una estatua de mármol. Apresuró el paso del animal y sintió cómo los rayos del sol poco a poco lo comenzaban a abrasar, era extraño ese calor. Aun no era tiempo de que entrara la canícula. Después de reflexionar por algún tiempo y cercar en repetidas veces la finca, por fin decidió cabalgar hacia el interior de la hacienda. Cuando estaba a metros de la puerta observó al batallón que lo esperaba para darle los honores y se alisó el bigote. A cada tranco del equino, el corazón de barro del caudillo latía más fuerte, a cada latido en alguna parte de su pueblo se elevaba una hoz que volvía a caer con el peso del hierro sobre la siembra, a cada respiración un campesino era azotado por defender sus tierras.

II . En ese momento se sumergió en un lago de recuerdos y evocó el estruendo de fastidio que resonaba en todos los rincones de su patria. Pensó en todos los políticos de su país, le daban asco pues no había nada más deplorable que sus caras impasibles en el congreso al derogar las leyes a su conveniencia, parcos, con las manos firmes y sin dudar levantaban sus brazos al aire para, con un dedo, lacerar la vida de millones de individuos; acto seguido se paraban de sus asientos de caoba y al tiempo que saludaban a sus compañeros de curul, decían: No había de otra, era por el bien de la gente. Reminiscencias de un pueblo desaparecido que desde Palacio Nacional jamás sería encontrado cruzaban su cabeza. En ese momento el general, lleno de rabia, apretó las riendas del caballo y murmuró: "prefiero ser robado por un hombre con revólver que por uno embriagado de poder y palabras".

III. El sonido de la trompeta lo sacudió de sus remembranzas. Una guardia formada a los extremos del dintel de la hacienda se preparó para darle los honores. Todos en posición de firmes le dieron el pláceme. Un clarín tocó llamada de honor y al extinguirse la última nota, la comitiva que presentaba armas descargó una ráfaga de balas que comenzó a destrozar al caudillo. Los soldados que acompañaban a su líder poco pudieron hacer ante el vendaval de pólvora que se impactaba contra su general. Aquel cuerpo besó la tierra que tanto había defendido, la misma que ahora lo abrazaba en sus últimos suspiros. En ese momento el cielo se tiñó de escarlata y los sueños de ese hombre fueron desvanecidos por los vientos que coreaban la tormenta que se avecinaba. Entonces el cielo se resquebrajó como porcelana y empezó a llover.

En el suelo, como estatua rota, yacía Emiliano Zapata. Desde la hacienda, Jesús Guajardo daba indicaciones a sus hombres de llevar al caudillo a sus pies. Esa noche las cigarras de Anenecuilco lloraron en honor al Atila del sur.