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Kike Ferrari: "Me gusta ser cada día mejor escritor y mejor papá"

(Buenos Aires, 1972). Trabaja en el subte. En Buenos Aires. Es joven y ama contar historias truculentas que, no por eso, dejan de parecerse a la realidad. Pero el éxito le ha llegado a las profundidades de la ciudad, el lugar en el que crece su literatura. Ganó el Premio Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón en 2012 a la mejor ópera prima, y desde entonces, todo va a toda velocidad.

Kike Ferrari
Kike Ferrari

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ   | 04.03.2018 
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Trabaja en el subte. En Buenos Aires. Es joven y ama contar historias truculentas que, no por eso, dejan de parecerse a la realidad. Pero el éxito le ha llegado a las profundidades de la ciudad, el lugar en el que crece su literatura. Ganó el Premio Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón en 2012 a la mejor ópera prima, y desde entonces, todo va a toda velocidad. Con su doble vida, escritor de día, limpiador de noche, revierte los usos tradicionales de la escritura, que la bohemia siempre consideró más nocturnos. La limpieza, en cambio, parecía más una cosa de la mañana. Pero él se pone a escribir con el alba, regresado de las vísceras humeantes de la ciudad. Los que lo conocen bien aseguran que no se parece a ningún otro escritor, que su tono y su estilo tienen algo de aquel boxeador que quiso ser, quizás como James Ellroy. Puñetazo en la mandíbula, siquiera sea con las palabras: esa es su técnica. Aficionado a las sacudidas que agitan al espectador que no tendrá un viaje tranquilo, oh no. ‘Que de lejos parecen moscas’ (¡ojo al título!) le valió aquel premio. Todo se revolucionó entonces, pero él se tomaba su tiempo en el subte. Alfaguara recupera ahora la historia del señor Machi, un tipo al que le ponen un cadáver en el maletero, y él se va por ahí, cargando con el muerto. Una ‘road movie’ peculiar. El muerto lleva las esposas de peluche rosa que él suele colocar a sus amantes. No es el final: es el principio de todo. El principio, especialmente, del final. 

P.-Tú, que te apellidas Ferrari, has convertido al coche en el gran protagonista de esta historia. Un coche funerario sin pretenderlo. Por cierto: no nombras a las marcas por sus siglas. ¿Toque antipublicitario?
R.-No, no quiero nombrar las marcas, sin más. Otras sí que las nombro. Las corbatas, por ejemplo. Los argentinos acortamos los nombres de los coches, no sé si sabes: les decimos así, BM, en lugar de las tres letras. Todo el mundo sabe lo que es. Y sí, en esta historia el coche es fundamental, tienes razón. Desde el primer instante.

P.- Todo empezó en agosto del 97.
R.- Todo iba mal ese año, salvo lo de escribir. Bueno, al River le iba bien. Algo es algo. Entonces escribí mi primer cuento, ‘Santa Rosa’, que lo leo hoy y me duelen los ojos. Pero anda por ahí, dando vueltas. Lo reescribí para una antología que hicimos de los trabajadores del subte. Yo le tengo mucho cariño a los textos de esa época. Ahora, nunca me lo planteé como un reto. Pero ahora me gusta ser cada día mejor escritor y mejor papá (tiene tres hijos). Es lo único que intento de verdad.

P.-No escribiste desde siempre, como dicen otros. Te convertiste en un hombre que hacía de todo, que trabajaba de todo. En algún sitio afirmas que eso era lo normal en los noventa, que era la consecuencia lógica del ‘menemismo’.
R.- Es el resultado de la crisis enorme, de la corrupción, y nos afectó a los que salíamos a la vida laboral. Yo empecé a trabajar siendo un cachorrito, con 16 años. Me habían echado del colegio. Así que empecé en la panadería de mi padre, al que luego el ‘menemismo’ se lo comió crudo también, y tuvo que tirar la panadería. Hice de todo, en efecto. Peón de cuadra, repartiendo canastos al hombro. Menem había llegado al poder en julio del 89, así que me pilló todo aquello: no lograbas trabajo, era imposible, sólo algún contrato temporal. Los taxistas solían poner en el respaldo del asiento su verdadero título: arquitecto, por ejemplo. Abogado. Para que se viera. Aquí manejando. Como yo no tenía preparación superior, me fui a Estados Unidos, aunque luego me deportaron (no hablemos de eso ahora, viendo cómo van las cosas allí…). Luego pasé por restaurante, de mesero… Me enseñaron a trabajar con comanda, porque no tenía ni idea, claro. No tenía ni idea de lo que era una comanda: creí que era un instrumento que usaban allí (risas). Eso es lo que nos hizo el ‘menemismo’: que tuvimos que hacer de todo.

P.- De dónde nace esta literatura. ¿Por qué novelas del género negro? ¿Te influyó el subte?
R.- Yo leí siempre, pero no escribía. Yo quería ser el número 5 de River. Lo que pasa es que no me vino el coraje. Mi padre tampoco leía, pero con siete años me regaló ‘Sandokan’. “Esto es lo que nos separa de los monos”, me dijo. Y es verdad: en ‘Sandokan’ está todo lo que necesitas saber. De veras. Fue mi libro fundacional, como toda la saga de El Corsario Negro. Aunque yo no quería ser pirata, eso no.

P.-Te habrá influido el cine, que es importante para este género.
R.- Nada, salvo lo inevitable para alguien del siglo XXI. Pero puedo pasar meses sin mirar una película. Algunos no me creen. Pero es así.

P.- Hoy hay mucho cine en torno a la novela negra. Y mucha televisión. Supongo que es uno de los alicientes también para los escritores. Lo negro parece toda una industria, muy visual desde luego, pero a veces muy literaria, como en tu caso.
R.- No me importaría que llevaran mis novelas a la pantalla, ni mucho menos. Por una cuestión económica. No quiero estar involucrado en ninguna adaptación, porque no querría eliminar nada… y eso es imposible.

P.-Así que tú ves la literatura negra, aún, como algo absolutamente literario, como algo exclusivamente ligado al universo de la escritura.
R.- Yo fundamentalmente leo libros. Muchos, como hice siempre. Pero llega un momento en que pierdes la inocencia frente al texto. Eso es malo. Empiezo a preocuparme de los resortes narrativos, de las técnicas… y entonces no me entero de lo que estoy leyendo y tengo que volver a empezar. Como yo leí las primeras veces, ya no volveré a leer. Eso no se cura.

P.- Trabajar el en subte, en el metro, habrá servido de inspiración. Un buen territorio para observar a la gente y armar historias en la cabeza.
R.- Si, sin duda. Pero siempre he estado agotado, siempre llegaba a casa en las últimas. Hasta hace poco, trabajaba en el subte de 11 a 5 de la madrugada. No pude escribir novelas, que es lo que te dicen que tienes que escribir, porque es lo comercial. Pero a mí lo comercial me importa poco. En cuanto a los materiales literarios… para un escritor, todo es material narrativo. Cuando yo limpiaba en el subte de madrugada, no tomaba notas. Es un decorado desmontado, todo es silencio. Se te ocurren las cosas después. Quizás debí escribir una novela que suceda en el subte… pero no me convoca, no quiero. Demasiado fácil. Alguna hay ya, también es cierto.

P.- Muchos leerán tus novelas ahí, en el subte.
R.- Una vez me encontré a uno. Iba leyéndome. No me reconoció. Me pasé todo el viaje observándolo, para ver sus reacciones. No le dije nada, claro. Afortunadamente aquella novela no tenía mi fotografía en la solapa: fue lo primero que pensé, para cambiarme de vagón.

P.- Me gusta este título: ‘Que de lejos parecen moscas’. Todo lo tuyo es muy novedoso.
R.- Bueno, está muy bien recuperar esta novela. ¡Y en Alfaguara! Cada texto necesita una aproximación determinada. Este libro lo escribí como mandan los cánones, la cámara lo más cerca que se puede de la escena, y empezar también lo más cerca del final que sea posible. El libro salpica astillas de los huesos, aunque algunos sean grotescos. Me dicen que tengo que escribir una novela del Cloaca Pereyra. Pero es excesivo. No me aguanta cincuenta páginas. En el caso de Machi, tengo que lograr que el lector entienda que es un personaje asqueado y que asquea. Que vaya creciendo su odio, eso es lo que necesito. Creo que lo negro funciona así. Los contrastes: que Machi sienta en el auto el asiento suave de cuero, y que luego sea pegajoso, cuando sabe que lleva un cadáver en el maletero.

P.- Es un ‘noir’ que ofrece una despiadada imagen del poder, de cierto poder. Tú no sólo no evitas el lado político, sino que los subrayas. Ahí está todo tu ideario, y la plasmación de la vida de los débiles, de los fracasos a los que la sociedad conduce. Hay una historia sí, hay asesinos y asesinados, pero todo en un escenario que tú criticas y analizas con dureza.
R.- Yo vengo a hablar de los peores. De los que allá se enriquecieron con la dictadura, o con la sangre de los compañeros caídos. Hay algo que persiste en la novela, una de las ideas fuerza más duras, que es el ejercicio del poder por el mero hecho de ejercerlo. A partir de ahí todo se precipita.