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DAVID MONTEAGUDO

“Leer enriquece y te hace crecer como ser pensante"

El autor se ha convertido en un referente de la literatura fantástica sobretodo por su destreza a la hora de explorar los límites entre el territorio físico y el mental

David Monteagudo
David Monteagudo

J.L. GARCÍA  | 27.11.2017 
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David Monteagudo nació en Vivero (Lugo) en 1962, aunque desde los cinco años vive en Cataluña. Operario en una fábrica de cartonaje, descubrió su vocación literaria a los cuarenta años, y se dio a conocer a los cuarenta y siete, con la publicación de Fin (Acantilado, 2009). Un estreno literario que alcanzó un enorme éxito entre los lectores y la crítica, y con el que consiguió llegar a las pantallas gracias al director de cine Jorge Torregrossa. Además, la novela ha sido traducida a varios idiomas.
Después de este debut glorioso como escritor, Monteagudo ha escrito otras obras: Marcos Montes (Acantilado, 2010), Brañaganda (Acantilado, 2011), El edificio (Acantilado, 2012) e Invasión (Candaya, 2015).

Monteagudo escribe lo que se conoce como ciencia ficción o literatura fantástica, un género literario cuyos relatos, aparentemente lógicos y reales, se ven sacudidos por la aparición de lo imposible, por una serie de elementos sobrenaturales que producen en el lector una sensación de inquietud, angustia y temor. En esta misma línea, Monteagudo afirma que su método es “empezar siempre con una situación cotidiana, realista, e introducir un elemento que rompa esa cotidianeidad, una rendija que permita asomarse a ciertos abismos, o a otras interpretaciones de la realidad”.

– Acaba usted de sacar una novela de gran éxito, Crónicas del Amacrana (Acantilado). Un compañero me decía el otro día: “Monteagudo está en ese momento de gracia en el que todo lo que hace cae bien”. ¿Se está convirtiendo usted en un escritor de moda?

– Eso que dice me halaga mucho, y puede que sea cierto entre mis lectores habituales, que son fieles y siguen todo lo que voy publicando, o en ámbitos de lectores que le piden algo especial a la literatura, que buscan productos diferentes. Pero no sería realista afirmar que me estoy convirtiendo en un escritor de moda, entendiendo esto como se suele entender, es decir, a nivel de masas. Es verdad que voy ganando prestigio, libro a libro, e incluso que se está ampliando el espectro de mis lectores; es verdad que yo concibo mi carrera literaria como una apuesta a largo plazo, en la que no es tan importante el éxito comercial como la solidez y el prestigio de toda una obra; pero los escritores (como todo hijo de vecino) siempre queremos más, y la verdad es que me gustaría que mis libros tuvieran todavía más difusión, y también más lectores.

– ¿Crónicas del Amacrana es un libro de relatos, entre lo autobiográfico y la f­icción? ¿Escribiendo se viven muchas más vidas de las que a uno le corresponden?

– En cierto modo sí, pero que nadie se haga ilusiones; se viven en casa, en soledad, en jornadas extenuantes de ordenador, luchando con la gramática y la sintaxis y con la responsabilidad de tomar constantes decisiones. Y sí, hay subidones, hay momentos de goce, de euforia. Pero así como leer enriquece y te hace crecer como ser pensante, escribir te empobrece, porque en cada historia, en cada nuevo libro, pones algo (o mucho) de ti, te vacías, y al acabar el libro ya hay una historia más que te has arrancado, que ha sido analizada y resuelta, que ya está contada y no podrás volver a contar. Y todo para que el lector la consuma en unas pocas horas.

– Hábleme del contenido del libro. Por lo que he leído aborda la rotura del mito de la figura paterna.

– Pues sí, en este libro volvemos a Brañaganda, al territorio de la infancia, y a un padre que esconde un gran secreto. Cuando muere le deja a uno de sus hijos –el que más se había acercado a descubrirlo– un legado terrible: la verdad. Terrible porque es atractiva, y porque viene acompañada de un reto que pone al hijo (el verdadero protagonista de este libro) ante un dilema vital: continuar con la vida normal y corriente que llevaba o, por el contrario, seguir los pasos de su padre y trabajar para una organización muy peculiar. Al final descubriremos qué decisión ha tomado, mientras que en la parte central del libro tendremos acceso a una jugosa carpeta (las crónicas del Amacrana) en la que el padre explica algunos de los “expedientes” en los que había trabajado.

– En 2009 cuando publicó Fin, su primera novela, alguno críticos veían ecos de Philiph K. Dick, Ray Bradbury y Cormac McCarthy con la misma pasmosa naturalidad con la que otros intuían en Monteagudo al heredero del Hitchcock y Buñuel. ¿Se siente bien cuando le comparan con Bradbury, McCarthy, Buñuel y Hitchcock?

– Cómo voy a sentirme, pues más contento que unas pascuas, porque eso quiere decir que mi obra ha causado una fuerte impresión, y que ha removido cosas. De todas formas, en este oficio (como en cualquier otra actividad artística) hay que relativizar un poco tanto las críticas como los elogios, para que no te hundan las primeras ni los segundos te hagan creer que ya no tienes nada que aprender.

– Torrente Ballester, que paseaba por la costa gallega con niebla que impedía ver más allá de un metro, apuntando hacia el mar dijo a su acompañante: “Mira, ¿qué ves?” La respuesta fue: “No veo nada”. Y al punto él añadió: “¡Claro! Por eso los gallegos estamos acostumbrados a inventar el mundo”. ¿No sé si esta experiencia puede ilustrar la caudalosa derivación galaica hacia la imaginación y la fantasía de David Monteagudo?

– Yo creo que en la capacidad creativa de un artista cualquiera intervienen, básicamente, tres factores: genéticos, ambientales y culturales. En lo tocante a la genética, yo soy hijo de gallega y de madrileño con antepasados gallegos. En cuanto al ambiente, sólo viví en Galicia hasta los cinco años, el resto de mi vida en Cataluña. Y en lo que se refiere a las influencias culturales, en mi casa la cultura era más castellana que gallega; a mí me encanta leer a Álvaro Cunqueiro, y a Valle- Inclán, pero también he sido lector infatigable de Borges, de Cortázar, de Poe, y de otros clásicos de la literatura universal. Calculen ustedes mismos el porcentaje.

– ¿La creación literaria es una forma de adelantarse a aquello que vivimos?

– No le quepa la menor duda. Yo siempre digo que el escritor cuando escribe, cuando hace literatura, está por encima de sus posibilidades (por eso nunca está seguro de poder “volver a hacerlo” al enfrentarse con una nueva obra) y rinde mucho más de lo que teóricamente le corresponde. Esto se manifiesta, muchas veces, en una especie de capacidad profética, una intuición, un vislumbrar el futuro que en muchas ocasiones le hace predecir –de forma más o menos transparente– su propio destino o el del pueblo al que pertenece.