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Los paisajes insondables de Edmundo Paz

El artista es de pocas palabras. Pretende que sus obras sean más inteligentes que él, incluso hace trabajar más a las pinceladas que a su propia mano, como las interventoras del lienzo

Una de la obras que se expone en la Casa das Artes de Vigo
Una de la obras que se expone en la Casa das Artes de Vigo

FÁTIMA OTERO  | 06.05.2018 
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La Casa das Artes de Vigo revisa treinta años de producción de Edmundo Paz, una trayectoria que siempre tuvo al paisaje como referencia. De hecho, se titula "Hábitat" porque alude tanto al paisaje humano sujeto a la experiencia vital como al natural, fruto de sus recorridos.

Su producción actual se resuelve de manera más no objetiva que nunca ya que, como Pollock o Richter, fusiona procesos y se sirve de la mancha y la falta de definición para alterar la visión, creando obras de alto poder psíquico y físico. Usa el papel, en formatos medianos y grandes. Algunas piezas van en pareja, para ofrecer un nuevo modo de hacer en el que ha variado su pintura, a veces encerrada dentro de una especie de puzle un tanto desdibujado, otras resuelta en rayados de manchas, ondulaciones o humosidades de gamas voluptuosas y muy sugerentes que aluden a paisajes subjetivos. En todo caso, siempre producto del recuerdo de parajes naturales inolvidables de Arcade, donde vive, como de las ciudades o pueblos que visita; son rastros emocionales resueltos en rojos cadmios, amarillos peinados de Nápoles o verdes lima, oliva. Nos hacen pensar en cascadas fluidas de color que nos evaden a lagunas, ríos, parajes celestes. "Tralas nubes" o "Clímax", de plena floración o abiertos al misterio de la fantasía, son un buen ejemplo.

El artista es de pocas palabras. Pretende que sus obras sean más inteligentes que él, incluso hace trabajar más a las pinceladas que a su propia mano, como las interventoras del lienzo. Son ellas, en su fluir, las que discurren como trepidantes líneas verticales o en horizontal capaces de estallar en miríadas de gamas apabullantes.


Edmundo Paz despliega su trayectoria en la que siempre rinde tributo al hábitat, un entorno interiorizado, aunque el paisaje haya ido cambiando. La sala exhibe etapas creativas en las que primaban elementos tipográficos, surcos barridos que fueron icónicos en su producción. Eran imágenes semiabstractas, muchas con fondos neutros sobre los que se superponían signos, grafitis, iconografías primitivas o antiguos motivos anatómicos.

El artista, de origen brasileño, nos acostumbró a paisajes acotados en los que los surcos hablaban de nuestros campos, de las marcas dejadas por el arado o por las mariscadoras en nuestros ricos arenales. Siempre creó lo que anuncia la segunda parte de su nombre, su mundo, paisajes de su memoria, recuerdos y hoy más que nunca de su infancia apreciable en las gamas más encendidas.

Hoy, su paisaje ha evolucionado hacia un dominio de la mancha, en el que ha eliminado accesorios, se ha quedado en la piel de la pintura. Unas creaciones, la mayoría "Sin título", pero que siempre se identifican con el hábitat sentido. Su nueva etapa, más que nunca, deja hacer al pigmento, permite que se esparza y module sobre el papel, una base que torna el trabajo más elegante. Hoy no entierra nada, todo sale a flote en esa especie de magma primigenio en el que parecen flotar los colores. En la densa bruma espesa semejan nadar, como en caldo primigenio, sus gamas exaltadas, aguadas, transparentes y de fluidez tímbrica.

En la actualidad, el talante del creador se torna más volcánico, más fogoso, en plena huida al dominio de la mancha, a la experiencia de una especie de líquido amniótico y fecundo tal como una sopa levemente carnal de gamas esponjosas y nutricias similares a esos caldos de Barceló, como sirope cremoso tropical que nos invita a degustar. Son densos salpicados de tropezones, de drippings típicos del expresionismo abstracto norteamericano. Es aquí cuando la experiencia visual se vuelve sinestésica por activar todos nuestros sentidos desde el gustativo, auditivo, olfativo o al del tacto.

Edmundo Paz consigue casi que inhalemos sus húmedos parajes bañados en "bruma matutina" o que se sienta la música "através do aire", en la que sólo la imaginación del espectador puede atisbar caminos, veredas o montañas. Todo un fluir de formas coloristas y vibrantes que dan a las composiciones un tono musical. No importa a qué aludan; da igual, el paisaje nunca es referencia objetual sino elemento referencial sensible, para lanzar preguntas más que dar respuestas.

El comisario, Gonzalo Sellés Lenard, plantea la muestra como un recorrido de ida y vuelta; un camino circular iniciado en el taller que Mario Granel impartió en este lugar en 1988 y de vuelta porque 30 años después un emocionado Edmundo nos enseña esas tres décadas de camino. Una ruta honesta y sensata que un lejano día empezó con un lenguaje abstracto que jamás olvida y sí se afianza. Un itinerario coherente que se iniciaba más con la huella de un Hernández Pijoan, su interés por el vocabulario etnográfico o la huella de Mark Tobey, y que hoy se decanta más por la pintura all-over de Pollock, es decir, por toda la superficie.

Obras que atolondran, porque son efluvios de buena pintura, auténtica porque no obedece a modas ni a seguir la tendencia del mercado sino sólo a su demanda interior, relativa exclusivamente a la propia creación.

"PINTURAS PARA ANDREA"

En una sala autónoma ha quedado recluida su serie "Pinturas para Andrea", donde experimenta con un nuevo soporte, los sobres de cartas, sacadas del consumismo comercial. Sirven de sostén a esa especie de salpicados de formas parecidas a las huellas de un Jean Arp pero con sentido distinto. Aquí aluden a recuerdos orgánicos, vitales, momentos telúricos en forma de invertebrados que conquistan la neutralidad del fondo como signos narradores de memoria, de recuerdos emocionales, de momentos tan importantes como la llegada de su hija a la vida.

Fátima Otero

CRÍTICA DE ARTE E HISTORIADORA