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CHARABIA

¿Quién le pone el cascabel al gato?

Por María Ofir Aboy García

17.07.2016 
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Muchas veces me he preguntado cuál es la razón subyacente para que alguien decida dedicarse a hacer política, a convertirse en servidor público. En la mayoría de los casos, quiero creer que son personas que se dedican a esta actividad por vocación, al pensar que con su gestión pueden aportar algo bueno a la sociedad y que tienen -desde luego deberían tener- sentido de Estado. En este grupo se encuentran los que ejercen una profesión reconocida, además de la política, que les respalda a la hora de tomar la decisión de dar ese salto. Y, por supuesto, hacen ver a todas luces que toman la iniciativa para volcarse en el interés general. Estas personas no necesitan de muletillas, de frases hechas, de respuestas simplonas. Están preparados y se les nota.

En otros casos, no pocos, encontramos a personajes que pasaban por ahí, vieron la oportunidad, no tenían nada que hacer y se apuntaron a unas siglas para saber qué era eso de hacer política. Estos, que no tienen el respaldo del prestigio profesional que representa independencia y formación, como apoyo vital para acertar en la decisión tomada, que ni siquiera saben lo que es un presupuesto, una resolución o un certificado, entran en la política como un niño en pañales. Pero, triste paradoja, rápidamente tienen que ponerse al frente de aplicaciones presupuestarias millonarias, se convierten en jefes aupados por unas listas partidistas y reciben de "los de arriba" consignas para que logren salir del paso.

Así, yo he imaginado siempre que entre las filas de las siglas políticas se reparten libros de iniciación de lo que se denomina "jerga política": Un léxico para los que no saben nada de gestión, de procedimiento, de planes o programas, pero tienen que aparentar como sea que no es así. Ya les llegará con el tiempo el verdadero conocimiento. Si les llega.

¿Cómo consiguen mantenerse a flote?: aprendiéndose de memoria las frases manidas que aparecen en esos libros de iniciación que se les entregan, o participando asiduamente en reuniones de partido para que los motivados les enseñen a salir del paso. Y muy poco más.

Dentro de unas listas electorales cerradas, aquellos que no tienen detrás de si el verdadero sentido ético y jurídico de lo que forman parte, utilizan una y otra vez esas 15 o 20 frases que les proporciona el staff del grupo. Y con ello se pueden considerar investidos de poder; ya son políticos. Las coletillas que se utilizan más a menudo por esta clase de pseudogestores públicos suelen ser de distinta condición:

Cuando se enfrentan a las críticas por su escasa cualificación para ocupar el lugar preferente que les convierte en jefes, utilizarán, entre otras, las siguientes: "Ejerceré mis funciones con máximo empeño, mi disposición es absoluta y total, actuaremos con responsabilidad y objetividad..".

Si las circunstancias que les rodean necesitan de una decisión meditada y analizada profundamente, dirán, por ejemplo: "Está previsto realizarlo con carácter inmediato, estamos buscando un conjunto de medidas coyunturales para solucionarlo, debemos abrir el diálogo con los agentes sociales, vamos en buena dirección..."

Y si acaban por sentirse acorralados, o la justicia o los medios de comunicación les ponen colorados. O si no saben qué decir por la evidencia de la situación, se lanzarán a expresiones de manera repetitiva y autómata: "Esperaremos a que hable la justicia, acataremos la sentencia, nos encontramos en un debate interno...." O, por ejemplo, "Es un coste político que debemos asumir".

Así es como ese léxico nos entontece. Realmente no dicen nada pero nos hacen creer, no sé muy bien porque arte de mecanismo oculto, que hemos dejado en manos de los mejores los asuntos importantes del país.

Me pregunto, sin embargo, si realmente se están solucionando los problemas, si verdaderamente se están ocupando los políticos de optimizar los recursos, de actuar con objetividad, sin discrecionalidad y con responsabilidad, o todo es una fábula como la de Esopo. Ya conocen la historia: los ratoncillos se reunían para encontrar la manera de librarse del malvado enemigo, el gato, que convertía la vida de estos ratoncillos en miserable, ya que les impedía salir de su madriguera. Y después de discutir y discutir la manera de deshacerse de él, un joven ratoncillo sentenció que lo mejor era ponerle un cascabel en el cuello al malvado enemigo para, de este modo, cuando se acercara el gato poder huir.

Ya sabemos cómo acaba la fábula, todos los ratoncillos se alegraron de la solución. Sin embargo, el más sabio les dijo, ¿Pero quién se atreve a ponerle el cascabel al gato?

Hablar y opinar es fácil, pero una cosa es lo que se dice y otra hacer lo que se predica. Sólo los motivados, los cualificados, los políticos de primera, serán quienes buscarán soluciones inteligentes y meditarán antes de tomar decisiones que afectan a los demás y a veces son irreversibles. Los otros, los mediocres, no dejarán de opinar y opinar hasta que el gato, inevitablemente, se los acabe comiendo.

(*) Licenciada en Derecho