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Ramón Sobrino Lorenzo-Ruza, eximio arqueólogo

Retrato de Ramón Sobrino realizado por Villafínez.
Retrato de Ramón Sobrino realizado por Villafínez.

ÁNGEL NÚÑEZ SOBRINO (*)   | 22.03.2015 
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SANTIAGO EN LOS AÑOS 50 Habría que nombrar el bosque cultural de los años 50: de las publicaciones, reuniones, exposiciones, actividades y personalidades que formaban esa compleja malla con resultados óptimos y exitosos, pero sobre todo de las personas que lo componían. De entre ellos, destacaba Ramón Sobrino Lorenzo - Ruza (1915-1959)- no sólo desde su profesión, sino también desde sus publicaciones sobre petroglifos y las diversas instituciones a las que perteneció.

Pero la realidad y el interés de los petroglifos posee su propia historia que es imprescindible resumir: fue a principios del siglo XX cuando el dibujante Enrique Campo Sobrino (1890 - 1911), perteneciente a la Sociedad Arqueológica de Pontevedra, empezó a registrar petroglifos en los montes de la provincia de Pontevedra.

 


El segundo hito son las rigurosas investigaciones de su primo Ramón Sobrino Buhígas entre 1917 y 1935 que culminaría con el monumental "Corpus Petroglyphorum Gallaeciae" (1935 - 2000), publicado por el Seminario de Estudos Galegos. Después vendría la actividad arqueológica, incesante, moderna y rigurosa de su hijo Ramón Sobrino Lorenzo - Ruza (1915 - 1959) entre 1947 y 1959, ampliándose también al campo megalítico, y que es el personaje que vamos a presentar.

 


A ellos se les debe el fundamento de la investigación, con los cimientos científicos del tema. Del último se celebra justamente el centenario de su nacimiento. Del primero la Sociedad Arqueológica, la Real Academia de la Historia -a la que pertenecía- y la Exposición regional Gallega de 1909 con la que colaboró. Del segundo, la Junta para Ampliación de Estudios (1928), el Seminario de Estudios Galegos (1925) y la Real Academia Gallega. Del tercero, el Museo de Pontevedra, el Instituto Padre Sarmiento, y la beca de la Fundación Juan March (1958) constituían respectivamente las instituciones base con las que colaboraban.

 


SU PRODUCCIÓN FOTOGRÁFICA Y DIBUJÍSTICA. Al valor de las numerosísimas fotografías suyas que registran petroglifos - y que existen aún tal cual o que han sido alteradas por la erosión o la depredación - hay que añadir su esfuerzo y el mérito, la perfecta diligencia de ir hacia los yacimientos mismos en unos años en los que los transportes escaseaban o eran muy difíciles los accesos. La dificultad superada desde la voluntad y el conseguimiento. La verificación gráfica conduce al estado total del yacimiento y nuestro arqueólogo llegaba al extremo de registrar el estado natural del petroglifo: su estado exacto del día en que llegaba; o lo que es lo mismo: la condición sincrónica del mismo.

 


Se encontraba con el paraje exacto en directo. No sólo ejecutaba con cámara o lápiz un monumento fiable, también lograba testimonio perdurable, y su legado conservado es un documento inestimable. Alrededor de más de 2.500 producciones, entre negativos y positivados. Lo que es un tesoro arqueológico. Y esta enorme cantidad gráfica nos conduce a un descubrimiento: el aclamado posicionamiento ante el petroglifo proveniente de la costumbre de fotografiar, y que venía de la escuela practicada por su padre (R.S.B.) y a su vez de la Sociedad Arqueológica de Pontevedra (1894 - 1937/39) y en concreto del fotógrafo F. Zagala y también de Pintos y alguno más.

Pero sobre todo de él mismo y esto no es paradoja: la consciencia de que poseer un instrumento fotográfico proveniente de su saber bien formado le daba el poder de ser el registrador indiscutible de aquella experiencia empírica y científica excepcional. Ahora o nunca, y este ahora se convirtió en un "para siempre". Su legado aquí consiste precisamente en la perennidad, por eso él con su obrar queda permanecido - queda para nosotros.

 


Sus fotografías demuestran que sabía recoger la atmósfera, meteorología incluida, y la luz que era cómplice oblicua de esas insculturas que llevaban allí miles de años. La trasposición definitiva sería una digitalización exhaustiva. Y valgan sobre ello dos ejemplos ilustres: a él se deben las primeras fotos del Castriño de Conxo, y que datan de marzo de 1935, ahora tan conocido; como también se deben a él las primeras fotos del petroglifo de Fragoselo (Coruxo), y las primeras fotos del menhir de Gargantáns (Moraña) en 1958, y los petroglifos "A Rochiña" en Barrantes y el de Tedra (Tomiño). Lo que quiere decir que multitud de petroglifos que ahora son famosos él ya los fotografió.

 


Importantísimos también son sus dibujos. Él prosigue la línea prestigiosa y gloriosa del dibujo arqueológico gallego y que tiene su centro también en la Sociedad Arqueológica de Pontevedra (1894-1937/39), institución que supo aglutinar un magnífico grupo de dibujantes. Surge en él el dibujo como herramienta insustituible de la metódica excursión. Su producción la podemos dividir en dos: aquellos tomados en directo -registros primeros para una ampliación posterior - "apuntes de campo"; y aquellos que constituyen esplendorosas láminas, en versión definitiva, acaso para ser expuestas después. Se custodian 71 dibujos suyos.

 


He aquí sus características: aproximación (boceto), medición (exactitud), verificación (el estar allí mismo), definición formal (definitivo), reproducción (llevarlo fielmente a una lámina), atención, comparación con otros, descubrimiento propio. Sus dibujos son preciosos como obras de arte, y precisos como obras de ciencia, y junto a ellos el ímpetu y el avance claro.

 


LA CORRESPONDENCIA CON EUROPA. Esta dimensión que ya viene del Seminario de Estudos Galegos (1923), de la revista Nós (1920), y de su padre R.S.B., el arqueólogo la practicaba en un doble sentido: el envío y la recepción de cartas (Cambridge, Edimburgo, Dublín) y la adquisición de libros por catálogo: constan matasellos de Leiden, Bonn, Liverpool y Londres. Esto significa que nuestro arqueólogo estaba al día de lo más reciente de la investigación arqueológica en Europa; a lo que nombro Portugal, con brillo propio, pues pertenecía a la Associação dos Arqueólogos Portugueses (1955), y a la Sociedade - Martins Sarmento de Guimaraes.

 


La relación con los investigadores portugueses -Santos Junior, Mario Cardozo, Abel Viana, Afonso do Pazo...- era a la vez tradición y novedad, pues ya lo había practicado su padre con otros investigadores lusitanos: Mendes Correa, R. Serpa Pinto, y ahora consistía para él lección, sosiego y apoyo en aquellos años difíciles de postguerra; pero frente a la dificultad emergía la práctica de una vocación y un compromiso que resultó asombrosamente fecundo. Y en pleno juego dialéctico a la obra estática le sucede la obra dinámica: a la sosegada lectura y escritura en su despacho de la Rúa del Villar, la ilusionada y preparada excursión al yacimiento de insculturas o, simplemente, el intercambio intelectual, que lo movía a continuar.

 


En aquella época de excesivos silencios obligatorios la carta constituía la excelencia de la conexión escrita, necesaria, satisfactoria y estimulante. Con frecuencia lo que no se podía ejecutar se enviaba en un sobre. En nuestro arqueólogo era práctica frecuente. Habría que añadir también las conferencias telefónicas al extranjero. Así, con el culto médico Ferreira Alves de Porto. La Beca de la Fundación Juan March (1958) iba a ser por fin, para él, su práctica de Europa en Gran Bretaña e Irlanda. Iba a pasar de la Europa asimilada a la Europa vivida.

Las cartas editadas por mí en Gallaecia atestiguan que lo aguardaban allí con ilusión y gozo. Aquella empresa merecida quedó rota para siempre con su repentino fallecimiento el 3 de Febrero de 1959. Había nacido en la Finca de Poio el 3 de Marzo de 1915.

 


MEMORIA Y PIEDRA. Dispuse que se colocara sobre el panteón de familia un petroglifo nuevo, labrado, y que es la verdadera lux perpetua que lo recuerda junto con su padre. Valga este artículo como mi homenaje a aquella entrañable criatura repentinamente desaparecida y que había elevado la arqueología gallega a cumbres insospechadas.

(*) El autor es profesor